Ayahuasca, la pequeña muerte

Iquitos, Octubre de 2007 

Me ofrecieron el cuenco, madera de la propia liana. El líquido se distinguía denso, como sirope, y negro a la luz de las velas. Frente a frente nos encontrábamos, al fin, y mi palpitar arreciaba por momentos. Precipité la unión con un ademán preciso: el sabor era de planeta, de raíces y tierra. Nada más tragarlo, me invadió un ágil júbilo por la conciencia de acoger en mí a un aliado que me permitiría ver, y quizás también me ayudase a ser 

Tumbado, cerrados los ojos, escuchaba las suaves melodías que habían comenzado a interpretar los chamanes cuidadores. Su intensidad fue in crescendo lentamente, al igual que el efecto de la pócima sobre mí. Mis sensaciones semejaban en este punto a las que producen los hongos alucinógenos: despliegue de la creatividad a través de paisajes mentales llenos de belleza, formas y colores. A posteriori, se comprenderá que el chamán articula esta fase únicamente como rodaje, como pista de velocidad y despegue para el llamado proceso; con los hongos, en cambio, esta fase o efecto suele corresponder con el punto álgido de su particular desarrollo, en el cual se puede lograr acallar intermitentemente al ego, alcanzándose así cierta conexión con un “yo universal” que esboza los parámetros básicos de funcionamiento del cosmos.  

Ahora, sin embargo, este despegue estaba marcado por la continua presencia de mi identidad, el personaje que suelo representar en mi vida cotidiana: mi ego. Y por algún motivo, el ego se negaba a participar en la orgía visual que mi mente estaba proyectando: “Pues no es para tanto esto”, juzgaba; “no creo yo que este potingue me vaya a hacer vomitar o cagar”, pronosticaba con soberbia; “ya verás, todos los demás a echar las tripas excepto yo, que tengo domado al bicho…” En definitiva, mi identidad no callaba un momento, haciendo gala de un orgullo que llegaba a exasperar. Además, su impertinencia dificultaba el disfrute de la experiencia psicodélica que la corriente de conciencia subconsciente se esforzaba en moldear. 

Ay, de mi eterna necesidad de compararme con el resto, de competir para llegar a autoafirmarme. Y es que, sin el apoyo o admiración de los demás no siento valer nada. Y cuando no llega el aplauso os desprecio, y trepo y trepo para miraros desde arriba, desde tan alto que me quedo solo, hasta que el vértigo me hace caer de la torre y el espejismo…”. Ahora mi ego cambiaba de tercio, y comenzaba a psicoanalizarse y a lamentarse en plan poético. Y sin embargo, en ese instante me apercibí de algo inusual: ¿A qué me estaba refiriendo con eso de mi ego, de mi identidad? Normalmente, en el estado de conciencia cotidiano, nos identificamos con aquello que nuestra voz mental esta afirmando, somos uno con su mensaje, porque al fin y al cabo, nuestra identidad somos nosotros mismos, ¿no? Bien, pues ahora no: ahora estaba percibiendo el discurso de mi mente como algo separado de mí, como un constructo artificial, una especie de parásito que yo (quienquiera que fuese este yo), estaba simplemente observando. Y este ejercicio de observación y escucha desde fuera provocaban en mí un profundo hartazgo de ese eterno parloteo. Por primera vez en la vida, el discurso del ego me parecía ridículo, histriónico, absurdo, y reconocí que lo que de veras ansiaba mi yo observador era silencio y paz. En las pasadas experiencias con los hongos, había experimentado secuencias en las que el ego era forzado a mostrar lo esperpéntico y risible de sus soliloquios, pero las sensaciones que provocaba no iban más allá de lo lúdico y lo humorístico. Sin embargo, ahora, con el yagé ya no había juego: había agotamiento y necesidad de descanso definitivo… había necesidad de muerte. 

De repente, un corte brusco en el suave flotar de las melodías. Los chamanes abandonaron sus flautas y charangos para tomar el tambor de guerra. Las percusiones empezaron a tremar en la cabaña, alrededor, muy cerca. Mi paisaje mental se tornó negro, fuego y noche: había comenzado la danza de la muerte. Aparecieron entonces ante mí, como proyección de los chamanes que interpretaban los siniestros sones, un séquito de verdugos con eléctricas capuchas, con guadañas, que en nombre del espíritu del yagé, anunciaban: “Hemos venido a matarte. Se acabó el juego: Vas a morir”. Por supuesto los esperaba, mi ego de alguna forma los estaba invocando con su impertinencia, o quizás mi yo observador, con su hartazgo… Pero el caso es que al ego no le resultaron creíbles, y se lo hizo saber: “¿Quiénes sois vosotros? ¿Creéis que me vais a asustar con un baile de máscaras?” Indiferentes a mi provocación, fueron afilando sus armas, ejecutando ritos y proyectando imaginerías de sombra y dolor. Poco a poco se aproximaban a mí, mientras mi ego les ladraba: “¿Es esto todo lo que sabéis hacer? Con teatrillos no se me mata a mí, soy demasiado poderoso, no lo vais a conseguir”. A lo que ellos respondían: “Quieres más terror, más dolor, ¿no? ¿Es eso lo que quieres? Pues lo vas a tener”. El cansancio mental que provenía del constante martilleo del ego se fue tornando en malestar físico, y mi cabeza abrumada no pudo con más mareo: me incorporé y vomité… Por cierto, que creí notar que era el primero que lo hacía de todos los que habíamos ingerido yagé en la cabaña, ¡y eso que según mi ego, “el bicho estaba domado”! Volví a recostarme y a cerrar los ojos para que el proceso continuase… ¡Y Dios Santo, qué cerca estaban ya los verdugos! Resurgió entonces esa voz del yo observador, que ahora era a un tiempo mía y de ellos: “Déjate llevar – me pidió –, no te enfrentes que lo lamentarás. No pasa nada, tú los convocaste porque en realidad lo deseas: te van a hacer mucho bien”. Por desgracia, esta voz conciliadora no llegó a imponerse como rectora de la contienda: el ego redobló sus provocaciones, y los heraldos de la muerte se cernieron cada vez más sobre mí. 

Infiero que las dos claves básicas para que mi ánimo finalmente quedase subyugado fueron: 1) La asimilación de los verdugos con los chamanes y cuidadores: los verdugos podrían ser un producto de mi imaginación, pero los chamanes no lo eran. Por tanto, si en mi mente verdugos y chamanes se tornaban la misma cosa, eso quería decir que el peligro era inminente y real, como reales eran también los gemidos y lamentos de los demás compañeros de la cabaña, que a partir de mi primer vómito comenzaron a su vez a escucharse, y dotaron si cabe, de mayor verosimilitud al tremebundo contexto creado por mi imaginación. 2) La presencia del yagé, también real, en mi organismo. En la primera fase de rodaje, había sentido el brebaje instalado en mi estómago, agitándolo vehemente pero soportablemente, como congregando ácidos y fluidos para ejercer su trabajo posterior. Ahora culpaba al yagé como el responsable de mi malestar físico, del cirio que se estaba montando en mi cabeza, y del terror que comenzaba a padecer. Y lo peor es que mi aliado traidor, mi nuevo enemigo, ya no estaba confinado en mi estómago, sino que había extendido su lacerante red por todo mi cuerpo, poseyéndome entero hasta abrumarme. 

Quizás las náuseas, los mareos, el dolor físico (que yo tanto he temido siempre en mi vida) fuesen del todo inevitables como parte del proceso de depuración que el yagé provoca. En cualquier caso, la conciencia de este malestar, puesta de manifiesto súbitamente por el primer vómito, infló sobremanera una angustia que ya no sería capaz de dominar. Mi yo observador se diluyó como un hielo en el incandescente magma de mi ego, el cual terminó a su vez cayendo presa de las provocaciones que él mismo había invocado. Los verdugos ya estaban reclinados sobre mí. No podía observar sus labores, pero sabía que eran los pasos finales. Quizás me untaban con aceites, o dibujaban símbolos en mi carne, o marcaban de rojo los puntos vitales de mi pobre cuerpo. Empezaron entonces a golpearme, ¡y joder, notaba que esos golpes eran reales! Me daban puñetazos, patadas, sufría cada uno de sus trompazos, que reconocía haber reclamado en algún maldito momento, y que en el fondo, muy en el fondo de mí, me complacían… Me retorcía en un cóctel de emociones, entre las cuales no dejaba de prevalecer el asombro: “¡¿Pero cómo es esto posible?! ¡Me están golpeando realmente! ¡Pero Dios santo, ¿dónde me he metido? ¿Qué va a sucederme?! ¡¿Qué demoníaco acontecimiento he preparado para mí esta noche?!” Hacía ya un largo rato que suplicaba a los verdugos, entre nervios y desesperación, que se largasen, que parase la función, que me dejasen en paz porque ya había tenido suficiente. Entonces fue cuando agarraron la daga y me abrieron en canal… 

Juro por lo que más quiero que este filo de la muerte es el instante de más horror que jamás hubiera padecido. “No te resistas. Muere, muere”. Tener las entrañas abiertas y contemplar cómo se escapa todo… imposible imaginarlo si no se ha experimentado. Sólo tenía que girar mi cabeza, dejarla caer para que me asestasen el golpe de gracia… Y entonces, ¿qué encontraría al otro lado? Si moría esa identidad llamada Jorge, con la cual había compartido toda mi vida; si moría su vivencia, sus amigos, su familia, su casa, sus pertenencias, sus impresiones y opiniones, todo lo que decía ser él, todo lo que llevaba levantando con tesón día a día desde el momento en que nació… si moría todo esto, ¿entonces qué? Y sus esperanzas, Dios, ¿si morían sus esperanzas? Ser consciente de esto es (puede ser) el verdadero Infierno. De veras. Y yo no estaba dispuesto a perderlo todo y a dejar perecer a Jorge para entrar en el abismo de lo desconocido. Era el puro espanto, la náusea al vacío que suponemos nos aguarda al otro lado. Y no quería sufrir más, porque bastante sufrimiento había creado ya con mi obcecada actitud. “¡Que no! ¡Que yo sólo quiero amar, a las personas, a mis padres, a mis amigos, y ser bueno y feliz, y reproducir la belleza, porque no quiero sufrir más, porque repudio ese sentimiento de dolor que me ha traído a esa terrible muerte! ¡Qué terrible, qué terrible es la muerte!” Yo, mi ego, mi yo confundido en mi ego, no queríamos morir: sólo queríamos regresar arriba, a la vida de Jorge, que ahora se veía tan chiquita, tan lejana y difusa, con sus quehaceres cotidianos, con sus invenciones. Y me embargaba un sentimiento de culpa por estar haciendo las cosas mal, por haber creado para mí una experiencia tan trágica, y me prometía hacer las cosas bien en adelante, hacer las cosas mejor, de otra manera, sin saber demasiado bien a qué me refería con estas promesas.  

Pintura de Pablo Amaringo, artista que realizaba sus obras en base a las visiones que tenía cuando consumía ayahuasca

Por supuesto, desde las simas del miedo y la subconsciencia no se tiene la más pajolera idea de lo que en realidad va la existencia. A pesar del tremendo drama y del truculento escenario, todo era un teatro inútil, pues sin mi consentimiento final, era inviable que los verdugos me matasen. Yo, evidentemente, les negué una y mil veces el permiso, hasta que al final se rindieron. En un momento dado, reconocieron que allí ya no tenían lugar y se disolvieron, dejándome moribundo y delirante en mis obsesiones. Me sentía aplastado, hundido por la carga de mucha suciedad labrada a lo largo de incontables existencias. Debió de ser por entonces cuando me sorprendió una curiosa y fugaz idea: Había acudido a aquel lugar, aquella casa perdida en los arrabales de la selva amazónica peruana, siguiendo un impulso de búsqueda hacia la elevación personal, hacia el encuentro con mi Dios interno. Y sin embargo, qué poco tenía que ver todo lo experimentado con Dios. Alguien, algo me rozó de pronto, y desde luego no distinguí qué; sólo anhelaba que no hubiera sido el maestro chamán con el que contacté dos días antes, cuando aún Jorge era una entidad propia, definida y digna. El maestro chamán pasó a llamarse desde ese momento y para mí, Mefistófeles. 

Ahora se trataba de regresar, buceando hacia la lejana superficie, hasta recuperar mi identidad. Y buceé durante horas, minutos quizás, eternidades en todo caso. Mi cuerpo estaba cerrado como una concha y en constante contorsión, por si acaso a los verdugos se les ocurría regresar. Jirón a jirón iba recuperando a Jorge, sus clases en la universidad, su antigua inquietud lírica, el primer desgarro del amor… El presente, había que reinstalarse en el presente. Bien es cierto que los pedacitos eran extremadamente pequeños, que acudían a cuentagotas, que a veces volvían a escapar, y que todo suponía un terrible esfuerzo en ese océano de nebulosa, de estertores y resacas, de vértigos y negruras. Y yo me sentía asfixiado de tanto bucear para reafirmarme sin terminar de llegar a mí, volviendo una y otra vez a iniciar la senda de vuelta a través del purgatorio.  

Pero afortunadamente fue él quien llegó: uno de los cuidadores, otrora verdugo, me rescató de la pesadilla devolviéndome a la materia.  

– ¿Cómo va? ¿Qué tal se encuentra?  

Su zarandeo leve me sobresaltó, y mi mirada tardó en enfocar el segundo necesario para temer a Mefistófeles de la Eléctrica Capucha que viniese a llevarme. Pero en su lugar se dibujó el rostro más humano que mis ojos jamás hayan percibido. Sus arrugas, recuerdo sus arrugas, su carne densa y serena, como de un padre ancestral. Seguramente era la primera vez en mi vida que veía a un ser humano, y no pude sino admirarlo. ¡De qué manera agradecí esa presencia tangible, como la luz, como el retorno no ya al mundo, sino a mi mundo, el mundo de Jorge! Endosé al cuidador, por tanto, un rol paternal. Quería que me escuchase, me abrazase, me protegiese, me comprendiese: 

– ¡Han intentado matarme! ¿Te das cuenta? ¡Han intentado matarme! 

No obstante, arrebaté el rol de padre que había asignado a este hombre cuando cometió la innombrable osadía de recomendar: 

– ¿Por qué no toma un poco más de yagesito, se recuesta y cierra los ojos para que el proceso continúe? 

– ¿¡¡Que haga qué!!? – Pues eso, que mandé al señor a tomar viento. Y sin embargo, para mi sorpresa, otros compañeros que también se retorcían, vomitaban, y hasta se arrodillaban en postura de clemencia, no dudaban en abrir el gaznate cuando alguno de los cuidadores se agachaba junto a ellos para ofrecerles otra cucharadita del potingue. 

Sentado, con los ojos abiertos, me iba tranquilizando. Me decía cosas en voz alta, porque quería oírme: ¡Qué terrible puede ser la muerte, qué terrible! Pero en realidad, no tiene por qué ser así: así sólo la han pintado esos fantasmas que alimento en mi interior. La muerte no tiene, no tiene por qué ser negra – iba yo racionalizando –, y yo quiero volver con Jorge para depurar ese mal y poder morir, algún día, libre y en paz”. En esta parte sobrevino otra de las ideas fundamentales de la experiencia: todo el sufrimiento absurdo que generamos en nosotros mismos y en nuestro entorno. Hasta entonces, había escuchado este tipo de frases, las había leído en libros, pero sólo ahora las reconocía como verdad en mí, las estaba comprobando in situ gracias a esa cualidad de los psicotrópicos que momentáneamente te hacen comprobar aquello que cotidianamente sólo se puede intuir como una verdad etérea. Y una vez más, no es posible imaginar sin haberlo vivido, lo brutalmente triste de esta conciencia de conocer el daño que nos hacemos, que buscamos, de manera más o menos consciente, debido a ese increíble veredicto, concebido en el momento de los elementales partos de la especie y enganchado desde entonces a ella, por el cual no nos sentimos merecedores de una completa y definitiva felicidad. Esta tristeza me hizo llorar, claro, y jurar y perjurar que las cosas no volverían a ser iguales. Desde ese día conservo cierto afortunado poso de todo ello, y pongo especial cuidado en las emociones que proyecto y en aquello que se tiende a percibir como dramático, para desmitificarlo antes de que entre o salga de mí.  

Después llegó un momento en el que creí localizar ese dolor prendido en mi cuerpo, distribuido por todo él, pero principalmente asentado en el pecho y en el estómago. Lo sentía como una viscosidad negra, como petróleo, y desde ese instante, mi obsesión fue sacarlo. Los cuidadores volvieron a la percusión, y yo, sentado, me movía al ritmo. Era como si remase en un buque de guerra, porque era la guerra. Tenía que expulsar el mal de mis intestinos. Esta experiencia también fue muy potente: aunaba y aunaba energía, y en el punto cumbre, utilizaba brazos, manos y torso, y los lanzaba hacia delante para expulsar lejos de mí la viscosidad, vomitándola y gritándola, estampándola y deshaciéndola imaginariamente contra la pared de enfrente, y sintiendo una potencia y una sensación de alegría y liberación inconmensurable. Cuando concluía una de estas series de expulsión, me volvía a concentrar en los tambores, volvía a remar y a recabar energía. Ahora, con las manos iba como limpiándome, barriendo la suciedad desde los pies, las piernas, otorgando especial atención al plexo solar, y así acumulándolo todo el fango hasta que lo tenía en la boca, ¡y otra vez a gritarlo, a vomitarlo y a expulsarlo fuera de mi ser! Todo ejecutado con una rabia que, según me comentaron los cuidadores al día siguiente, les estaba dejando anonadados, si bien en el momento les escuchaba como me exhortaban a continuar, a expulsarlo de mí. Después de muchas de estas series, después de que los tambores dejasen de sonar, se me ocurrió atacar esa suciedad directamente desde la mente, o atacar al menos la parte de ella que se localizase allí. Esto iba a terminar constituyendo el final de la fiesta: sería mi última acción aquella noche. Si bien las sensaciones previas de la muerte habían sido las más densas y materiales que haya experimentado con un alterador de conciencia, la imagen más nítida y real que me ha producido una droga fue la siguiente: coloqué mis manos a ambos lados de la cabeza con la intención ya señalada de expulsar desde el cerebro, directamente, a los demonios que lo pudiesen habitar. Comencé a recopilar energía. “¡Vamos, vamos!” me decía. La presión comenzó a crecer, comenzó a crecer hasta que de pronto, mi cabeza se empezó a agitar con la imagen de una especie de monstruo que bullía como una olla a presión ahí mismo, instalado dentro de mí. Le ordené que saliera, gritándolo una y mil veces, y terminé de hacerme daño en las mandíbulas de tanto apretar; terminé de gastar la poca energía que me quedaba y terminé con las sensaciones placenteras de esa etapa. Creo que advertí salir algo de energía, creo recordar que pensé “¡Le he pegado de lleno, le he hecho daño!” Pero ya no podía más. Había sido demasiado. 

El resto de la madrugada transcurrió entre algún que otro vómito e intentos de conciliar el sueño. Pero como la tarea de dormir resultó utópica, me resigné a mantenerme en guardia para evitar que el espíritu del yagé tramase, en un descuido mío, algún otro intento de asesinato.  La sala acrecentó su aspecto inquietante cuando los cuidadores, que la habían dotado de cierta reconocible mundanalidad, se retiraron apagando tras ellos las luces. La oscuridad heredó los lamentos de mis compañeros de fatigas, sus estertores y sus vómitos. Afuera de la cabaña, la selva ejecutaba su perpetua sinfonía, con su cadencia de ranas y su plañido de obscenos pájaros de la noche. Yo no atinaba a serenarme en absoluto: temía a la selva, y temía también a mis compañeros, a la vez que sentía asco por ellos, por saber en sus entrañas la presencia maléfica del yagé traicionero, que todo lo impregnaba en mi imaginación, que era emperador tirano de todo aquel universo al que fuimos desterrados y en el que se nos laceraba con inmisericordia. La realidad me resultaba hostil, el roce de una sábana, un soplo de aire. Y así fue hasta el momento en el que pude reconocer que la mañana se estaba aposentando sobre nosotros. Volvía a amanecer en la tierra, después de todo. 

Ha transcurrido ya un tiempo considerable desde aquella noche en la que me asomé al más sublime precipicio. Por supuesto, ahora me encuentro en condiciones de admitir que el único traidor de la velada fui yo mismo, aferrándome a mi ego y perdiendo así la oportunidad de echar un vistazo al otro lado. Debe de resultar sobrecogedora esa experiencia de fluir libre de etiquetas, de complejos, de valores, de pasado y de expectativas, de todo aquello que consideramos positivo y negativo en nosotros, que nos define y da un rumbo, pero que también nos limita. Tampoco opino que se pueda matar al ego y seguir viviendo en este mundo como un ser universal y puro (supongo que esto será sólo factible tras la muerte física, que nos reintegre al todo o a la nada), pero sin duda hubiera sido revelador transitar por esa senda al menos durante unos minutos: hubiese supuesto una enseñanza vital de valor incalculable. No pudo ser, y no me lamento: en ese instante simplemente no fui capaz de responder de otra manera ante tamaño reto.  

El yagé, más conocido como ayahuasca, es una vía poderosa en su trabajo, y por ello muy rápida en sus resultados. Los chamanes del Amazonas recomiendan un mínimo de diez tomas en un proceso arquetípico de tres meses de duración, a fin de experimentar una revolución trascendente y perdurable emanada desde las bases mismas del alma. He de admitir que hoy por hoy no almaceno suficiente reserva de coraje como para volver a enfrentarme con la muerte. Y sin embargo, ella no ha dejado de llamarme desde entonces…

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