El Mito de la Espiritualidad Oriental

Bangkok, diciembre de 2017 

El Siam Paragon no es uno más de los centros comerciales que apabullan por decenas el espacio urbano de Bangkok. A diferencia de los otros, en él se vende la exclusividad: sólo las firmas de lujo tienen derecho a abrir tienda aquí dentro. Y sin embargo, el Siam Paragon se abarrota cada día tanto o más que cualquier otro centro comercial. Y no sólo de curiosos, como yo, que venimos nada más que a fisgonear el precio de las cosas, ¡qué va! Lo visitantes se cargan de bolsas, gastándose lo que no tienen en un bolso, un reloj, o cualquier otra chorrada que les sirva para pavonearse ante sus amistades. Según me admiro y pierdo en la hechizante feria de las vanidades del Siam Paragon, me pregunto qué queda del mensaje de Buda en la mente de todos estos devotísimos budistas que habitan la capital tailandesa. 

Cuando a los occidentales se nos pregunta por lo que nos evoca el Extremo Oriente, uno de los primeros conceptos que se nos viene a la mente suele ser la “espiritualidad”: el misticismo de la India, la armonía interior del budismo, los asanas del yoga o el monje absorto en su postura del loto, son imágenes recurrentes que alimentan nuestro imaginario de lo oriental. En consecuencia, el occidental tiende a idealizar a la lejana Asia como una región imbuida por un espíritu “diferente”, donde sus gentes mostrarán un carácter en las antípodas del individualismo y el materialismo que caracterizan a las sociedades de nuestra orilla oeste del mundo. 

Evidentemente, las filosofías orientales han marcado las sociedades y culturas en las que fueron alumbradas o desarrolladas. Pero en realidad, ¿puede afirmarse que en estos países se viva “de otra manera”? ¿Más en paz? ¿Necesitando menos? ¿Mirando más al interior? No son pocas las personas que conozco que, después de visitar la India, sí constatan haber percibido ese carácter en sus gentes; yo, cuando les escucho, me encojo de hombros y pienso que mi percepción fue completamente distinta, como también me ha sucedido viviendo en el muy budista reino de Tailandia. De cualquier forma, no voy a defender que seamos unos u otros los que tengamos la razón, pues la percepción de la realidad es quizás lo más subjetivo que pueda existir. Lo que viene en los próximos párrafos es simplemente una argumentación de la impresión personal que me he formado: 

El maestro zen Dokusho sostiene que el leitmotiv imperante hoy en todo el mundo es la “religión del mercado”: todo está en venta, todo se compra, y “la redención se busca a través del consumo y del enriquecimiento material”De esta realidad no se libra la India, ni Tailandia, ni siquiera la República Socialista de Vietnam, que pudiera haberse mantenido ajena a este juego por otros motivos. En general, se puede afirmar que el materialismo late hoy en las entrañas de probablemente todos los pueblos de la Tierra que vivan en contacto con “lo global”, influenciados por los medios de comunicación de masas y sus modas y dinámicas. Yo mismo he constatado esto aquí en Tailandia, donde la religión que se practica no es tanto el tradicional budismo Theravada, sino lo que el periodista Luis Garrido-Julvé llama el “budismo del baht“, y cuyo ejemplo más pintoresco se halla en los vendedores de lotería a las afueras de los templos, que permiten que los fieles puedan brindarle a Buda los boletos frescos del día, a ver si con suficiente fe, su divina energía les convierte en millonarios. Esta misma impresión me dio en Bombay, donde los feligreses guardaban largas colas con la única intención de pedirle dinero y prosperidad a la diosa Mahalakshmi, y donde la obsesión de las familias de clase media que conocí era obtener mejores empleos y maximizar sus ingresos. De esta misma fijación materialista parece estar contaminado también el clero, con toda la casta brahmánica exigiendo sus buenas rupias por delante si deseas que te bendigan o te celebren un ritual (el cual, por cierto, ejecutarán de la manera más rauda y maquinal posible, como el cajero del supermercado te pasa los productos por la cinta). Por otra parte, tenemos a esos monjes nacionalistas de Myanmar, que viven el budismo como una cuestión de identidad nacional, y azuzan al pueblo contra las minorías musulmanas. Y por supuesto, aquí en Tailandia abundan los escándalos de monjes que viajan en jets privados, visten ropa de marca, o se enfangan en escándalos de pornografía… y es que en este país, buena parte de los religiosos toman los hábitos no por vocación, sino por tener una salida fácil en su vida: techo gratuito, arroz diario, descuentos en el transporte… exactamente igual que sucedía en Europa en siglos pasados.  

Obviamente, sería injusto afirmar que todo se reduce al dinero en la oración del creyente asiático: también se reza por salud, por amor, por embarazos… o sea, igual que en Occidente. Y es que según lo que yo he podido comprobar, la relación del pueblo con lo divino es muy similar en uno y otro extremo del planeta: se cree en seres superiores externos a la conciencia del sujeto, cuyo favor es preciso ganarse a través de ofrendas y alabanzas, a fin de obtener de estos seres unos beneficios tangibles. Así, en España se le encenderán velas a tal santo para que el bulto que nos ha salido en la espalda sea benigno, y en la India se le ofrecerán frutas y flores a tal deidad buscando esa misma tranquilidad y esperanza. Y poco más que a esto se reducirá el contacto con “lo superior”. Viajando por el estado de Kerala, conocí a un señor de Burgos que llevaba veinte años residiendo en el sur indio, y que afirmaba categóricamente que “los indios no practican meditación, pero a beatos no les gana nadie”; similar opinión de los tailandeses manifiesta el instructor de meditación del Wat Phrathat Doi Suthep, en la provincia norteña de Chiang Mai. 

Entonces, ¿puede afirmarse que la espiritualidad oriental es un mito? A pesar de lo descrito, tampoco voy a defender yo esa opinión. Es probable que el pensamiento materialista esté hoy tan instalado en las sociedades orientales como en las occidentales. Mas por otra parte, si entendemos como espiritualidad el proceso de introspección del individuo que busca encontrarse consigo mismo a través de la unión con lo que entiende como una esencia inmanente (habitualmente llamada Dios), entonces las filosofías orientales, capitaneadas por el budismo y el hinduismo, han sido las responsables de mantener viva la espiritualidad en nuestro planeta, a lo largo de siglos y siglos en los que el misticismo y las corrientes gnósticas han representado apenas un aspecto residual (y en muchas épocas perseguido) en el cristianismo y el islam. En Oriente, la búsqueda interior individual ha convivido siempre en perfecta armonía con el oficialismo ritualista: en los mismos cimientos del budismo se sitúa la práctica personal de la meditación; mientras, el hinduismo no sólo respeta, sino incentiva la búsqueda independiente de la liberación interior, y la sociedad india, por muy entusiasmada que esté con el progreso capitalista, siempre apoyará y venerará a sus sadhus, porque reconoce que al final, lo más elevado a lo que se puede dedicar un ser humano es a conocerse a sí mismo. Vaya usted por cualquier país occidental, recorriendo los caminos y pidiendo techo y garbanzos a la gente, haciendo saber que ha entregado su vida a la búsqueda de Dios: además de alejarse de usted con desconfianza, le condenarán como hippy perro-flauta, y vago que quiere vivir a la sopa boba. 

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