El monasterio en la cima de la montaña

Chiang Mai, Mayo de 2018

En la cima de la montaña Doi Suthep, en la provincia de Chiang Mai, al norte de Tailandia, se sitúa el venerado templo budista Wat Phra That Doi Suthep, anexo al cual hay un monasterio al que acudiría yo durante cinco días, para hacer un retiro de meditación vipassana. 

Para llegar hasta allá, salí de la ciudad temprano y me adentré en el sendero que rasgaba la jungla. La ruta había sido marcada por los monjes atando, cada cierto tramo del camino, jirones de sus túnicas azafrán a los troncos de los árboles. Entre ellos avanzaba yo pausadamente, queriendo sentir cada paso en un intento de adelantar la meditación en la que pretendía enfocarme durante los próximos días. A pesar de la lentitud, el húmedo bochorno tropical me empapó en sudor ya en los primeros diez minutos. Me crucé con un par de monjes jóvenes, que bajaban a la ciudad para “disfrutar del mundo” antes de que fuesen recluidos durante meses en el monasterio, cuando comenzase la temporada de lluvias el mes próximo. Poco después, y cuando ya empezaba yo a caminar con la lengua afuera, un monje cincuentón me adelantó en la subida, ascendiendo en sandalias y con insultante ligereza la gran cuesta. Afortunadamente, el ambiente comenzó a refrescarse al alcanzar cierta altura. La embriagante belleza de la vegetación era proporcional a la cantidad de fastidiosos insectos que revoloteaban a mi alrededor. Después, me cayó encima una tromba de agua que desencadenó en mí un súbito hartazgo del senderismo. Mas por otra parte, el tramo final de la vereda era tan hermoso que me hizo dudar de mi propio hastío. Una ambivalencia similar sentiría después con la meditación: hartazgo y dicha al mismo tiempo. 

Finalmente, alcancé el acceso al templo. El aparcamiento estaba plagado de taxis y otros vehículos turísticos: en efecto, podría haber subido por la carretera, con mi trasero cómodamente sentado en un taxi… pero entonces, la experiencia no hubiera comenzado de manera tan épica, ¿no es así? Atravesé el templo, dejando atrás la pompa de las pagodas doradas y el bullicio fotográfico de los visitantes, y descendí a la parte trasera donde se ubicaba el monasterio. El ambiente volvía a ser pacífico, con un silencio sólo roto por los pájaros y las chicharras. 

Me mostraron mi cuarto y me ordenaron que me vistiera con el atuendo blanco reglamentario de los “meditadores”. Poco después, me citaron en la sala de ceremonias con otros dos compañeros, una pareja de amigos que también iniciaban hoy su retiro. Apareció un monje de mediana edad, se sentó frente a nosotros, y comenzó a salmodiar, en una lengua desconocida, lo que nos explicaron era nuestra bienvenida. Acto seguido, el monje cambió su discurso al inglés – un inglés acelerado y con un intenso acento oriental –, para describirnos las normas del retiro: el día comenzaba a las cinco de la mañana, y a las cinco y media debíamos acudir a la sala de ceremonias para escuchar el sermón matutino; después, meditación individual; desayuno a las siete, y más meditación individual; almuerzo a las once, y más meditación individual hasta las seis de la tarde, momento en el que nos congregaríamos de nuevo en la sala de ceremonias para entonar cánticos de alabanza a Buda. De postre, un par de horas de meditación vespertina, hasta que a las nueve nos retirásemos a dormir. Estaba prohibido: comer después del mediodía, hablar entre los meditadores, leer, mirar el móvil, y en general todo lo que no fuese seguir estrictamente el horario… En fin: comenzaba el estimulante y duro reto que hacía tiempo había estado aguardando. 

La meditación era simple – que no sencilla – de ejecutar. Primero, sentarse en postura del loto concentrándose en la respiración, y mantener la atención enfocada sólo en la entrada y salida de aire. Segundo, caminar abstraídos en cada lentísimo paso que diésemos, siendo conscientes de cómo se levantaba el talón, cómo se adelantaba la pierna, cómo se apoyaba el empeine de nuevo en el suelo, cómo se mantenía el equilibrio en nuestro cuerpo… La práctica de la atención plena, conocida en el budismo como satipatthana y popularizada en la actualidad como mindfulness, sería nuestro cometido durante el retiro. Mi interés en la atención plena venía ya de lejos, y mal que bien, llevaba años practicándola. Pero la dispersión de la vida cotidiana siempre había supuesto un tremendo obstáculo para que yo profundizase en los procesos del mindfulness y sus múltiples beneficios derivados. Ahora tendría la oportunidad, durante los próximos cinco días, de sumergirme en la claridad de la satipatthana y quizás, con suerte, poder instalarla de manera más notoria en mi vida, cuando regresase a los ajetreos de la ciudad. 

Manos a la obra: nos condujeron arriba, a un amplio salón lleno de alfombras estrechas y alargadas, cada una ocupada por un meditador vestido de blanco, bien sentado en la postura del loto o bien caminando a paso de tortuga. La estampa era muy curiosa, como de manicomio: una panda de personas uniformadas, ensimismadas, en completa inmovilidad o repitiendo obsesivamente unos movimientos. Pero nada más lejos de un manicomio, pues lo que esas personas buscaban era la claridad de la consciencia. Siguiendo su ejemplo, ocupé una alfombra libre y me dispuse a meditar con ahínco. Los resultados fueron los habituales en mí: notable concentración en la meditación caminada, pero aún más notable dispersión mental en la meditación sentado. Al rato, uno de los dos muchachos que habían asistido a la ceremonia de bienvenida junto a mí, salió apresuradamente de la sala; veinte minutos después, regresó “vestido de civil”, y entregó las llaves de su cuarto a su colega: se rajaba. A saber qué motivos le habían traído hasta el centro de meditación, pero desde luego, esos motivos no habían resultado demasiado firmes. 

Así, transcurrieron flemáticos y serenos los minutos, hasta que dieron las seis de la tarde: hora de las loas a Buda. No sin cierto alivio por finiquitar las meditaciones, me dirigí a la sala de ceremonias. Nos repartieron unos librillos plagados de palabras en sánscrito, arcanas, esdrújulas y hermosas. Con puntualidad, el maestro entonó el primer verso de la primera página, y los demás tratamos de corear su voz. Obviamente todo sonaba a galimatías para mí. Muchos de los compañeros, no obstante, seguían sin ningún problema al maestro, por lo que supuse que con el paso de los días le iría cogiendo el truco al cante jondo budista. En efecto, no sólo le cogería el truco sino hasta el gusto, pues no en vano, la hora de los salmos era prácticamente el único momento de distracción de todo el día. 

Letra de uno de los cánticos vespertinos, titulado “Las victorias propicias de Buda”.

Cayó la noche, y me retiré a mi habitación a vaguear hasta que dieran las nueve, hora de dormir. Por algún desafortunado motivo, a las ocho cortaron la luz. En la total oscuridad, un cierto vértigo me invadió: ¿y ahora qué? Encendí la linterna del móvil. Pensé en abrir la bolsa de cacahuetes que había traído para casos de emergencia, no porque tuviese hambre sino “por hacer algo”. Pero no, no desobedecería las normas, al menos no la primera noche. Terminé de prepararme para dormir, y sin una pizca de sueño, me eché en la cama y apreté los ojos. No fue sencillo: transcurrieron dos o tres horas hasta que pude al fin roncar en paz.  

Poco tardó el reloj en dar las cinco de la madrugada, y yo padecí con obediencia mi primer madrugón. Aunque tenía un sueño del carajo, me prometí a mí mismo no sestear durante el día, primero por no incumplir las reglas, y segundo para así acostumbrarme más fácilmente a los horarios del retiro. El alba se iba asomando con timidez cuando comenzó el sermón de las cinco y media. No recuerdo una palabra de lo que nos relató el maestro esa mañana: intentar traducir su desbaratado inglés a esas horas infaustas era un esfuerzo que no estaba yo muy por la labor de asumir. 

Disfruté mucho del agradable desayuno que nos ofrecieron, y casi a renglón seguido del aún mejor almuerzo vegetariano. Tan abundante era el desayuno de las siete, que a las once yo no tenía aún hambre alguna. Aun así me esforcé en masticar, a sabiendas de que sería lo último que cataría hasta el siguiente amanecer. 

Tras el almuerzo, llegó el momento cumbre de la jornada: mis primeras seis horas seguidas de meditación. ¿Pude llevarlas a cabo? Por supuesto que no: lograba intercalar tres cuartos de hora de concentración con descansos en la terraza (la sala de meditaciones tenía un balcón con un panorama espectacular de la ciudad de Chiang Mai, extendiéndose en la planicie, varios kilómetros más abajo). Después de tres series de meditación y descanso, me harté y salí a dar un paseo por el bosque. Era la primera vez que me saltaba las normas, pero definitivamente necesitaba un respiro. Además, durante mi paseo traté de mantener mi atención en el momento presente, por lo que no me desligaba demasiado de los objetivos del retiro. A la vuelta del paseo, lo que me apeteció fue echar una siesta, o leer un rato, o qué se yo… Pero maquinalmente, me dirigí de nuevo a la sala de meditaciones: había que comprometerse con la causa. Y así, encadené una serie de meditación tras otra, haciendo notables progresos en mi capacidad de silenciar la mente. Con la satisfacción del avance experimentado, miré el reloj…¡¿Pero cómo era posible que todavía fuesen las cuatro de la tarde?! Me daba la impresión de que el día estuviese durando treinta y seis horas… Pues sí: lo peor, curiosamente, no estaba siendo lo esperado: el hambre o el sueño. Lo peor era toda esa ingente cantidad de tiempo libre, vacío, que sólo podía dedicar a la meditación. O sea, precisamente lo que había venido buscando era lo que se me estaba haciendo más cuesta arriba. Pero qué remedio: decidí hacer otra ronda de meditación. En la sala principal estaban, como casi siempre, la mayoría de los compañeros, bien comprometidos con su labor, manteniendo incólumes sus posturas del loto, hora tras hora tras hora… o al menos esa impresión me daba a mí. Probablemente, cada uno de ellos estaría lidiando con sus propios conflictos interiores, atravesando sus crisis, sus apuros, sus subidas y bajadas de ánimo, exactamente igual que yo. Pero la prohibición de hablar nos imposibilitaba comparar experiencias. 

El que se dejaba ver poco por la sala de meditación era el muchacho que entró a la vez que yo, aquel al que su colega dejó tirado. Los escasos ratos en los que asomaba por allí, se mostraba muy pasota: se sentaba en el suelo y perdía la mirada, como preguntándose qué demonios pintaba él en ese lugar. Aquella tarde, de hecho, no apareció por la sala. Seguro que estaba en su cuarto viendo pelis en el ordenador, el muy tunante, traicionado los principios y las reglas que aquellos santos monjes nos habían confiado… ¡Joder, pues me podría invitar, y nos veíamos una de Stallone, y ya de paso nos tragábamos una bolsa de patatas, o unas galletas! Se hacía pesado, definitivamente: el estricto régimen meditador y de desconexión de entretenimientos se hacía pesado, así tomado de golpe el primer día. 

Después de la sesión de aleluyas a Buda, subí a la terraza para contemplar el esplendoroso anochecer. La ciudad se fue apagando hasta que, tras unos instantes de fundido a negro, las luces eléctricas emergieron, encendiendo un firmamento en el suelo que opacaba a las escasas estrellas del cielo. Pero a mi alrededor todo era oscuridad, y silencio, y aislamiento… todos estos factores se conjuraron en esta segunda noche para sobrecoger mi ánimo y hacerme sentir una perra sensación de soledad. Observando la ciudad, intentaba absorber algo de su luz, de su vida, de su barullo, de la familiar feria de las dispersiones en la que habitualmente vivo. La ciudad representaba “mi vida”, mis “distracciones”, todo lo que me aleja de mi interior. Sentí cansancio y confusión. Obviamente estaba dramatizando, era consciente de ello, pero me costaba trabajo evitarlo, magnificado el efecto de mi drama por el entorno tan antagónico a aquello que anhelaba. Decidí con precipitación que cinco días allí eran demasiado: a la mañana siguiente, sábado, pediría que me adelantaran la ceremonia de despedida para el domingo por la mañana, y así poder escaparme un día antes. 

Para cerrar la jornada, y más como gesto de rebeldía que por hambre, estrené la bolsa de cacahuetes salados. 

Pero a la luz del día las cosas se ven de otra manera. A pesar de que tampoco hoy había logrado dormir lo suficiente, según caminaba hacia el sermón matinal me sentí emocionado por la belleza del bosque. Es muy poco frecuente que yo, animal urbano, me encuentre en entornos naturales. Descubrí a dos ardillas juntas en una rama, lavándose la cara con sus manitas. El trino de los pájaros exóticos era una música bella y rara para mis oídos. Después, durante el sermón, me sorprendí con ganas de meditar, de seguir ahondando en mí mismo y en el momento presente. Y aunque en efecto sentía cierto mono de “mundo” y de distracciones, ya en breve volvería a todo eso, a saciarme de aquella realidad en la que siempre vivía y de la que había venido buscando un respiro. No, tenía que aprovechar la oportunidad que se me brindaba aquí: no abandonaría el retiro antes de tiempo.  

Lo que sí hice fue permitirme la licencia de dormir un par de horas, después del desayuno. Y resultó la mejor decisión que podía haber tomado: después de dos noches de escaso descanso, aquel sueño extra era una necesidad física, que dejó mi mente en un estado idóneo para afrontar otra jornada de concentración. Y a fe que aquel día fue el más productivo: me mantuve muy lúcido, obteniendo un silencio mental de notable calidad. No me abstuve de dar otro paseo por el bosque, pero por lo demás fui obediente y trabajador. No sucumbí a la tentación del cacahuete salado, y por la noche subí a mirar una vez más a Chiang Mai desde la balconada, pero en esta ocasión manteniendo la calma. Claro que la ciudad me seguía llamando, pero ahora afrontaba yo esa querencia sin dramatismos y desde la paz. 

Al fin pude descansar la tercera noche con profundidad y de un tirón. Estaba preparado para encarar mi último día completo de retiro con la mejor de las perspectivas. No obstante, este día no fue tan claro como el anterior. El sermón de la mañana me sonó intrascendente, y mi ego comenzó a protestar: “¡Hay que ver! ¿Y para este rollo nos hacen madrugar?”. La meditación matinal fue productiva, pero hoy, al no haber dormido después del desayuno, de nuevo el día se me empezó a eternizar. Alargué el paseo por el bosque más de la cuenta, si bien se puede afirmar que la excursión se justificaba y alineaba con los objetivos del meditador: caminaba con plena conciencia del momento presente, sintiendo una gran paz y un profundo deleite. En esto, fui a desembocar a un punto en el que el camino de montaña se encontraba con la carretera. El asfalto, descendiendo hacia la ciudad, me provocó poderosamente. Tuve un impulso de bajar corriendo a reunirme con mi vida habitual. Curioso: a pesar de la gran paz, del gozo, del sentimiento de comunión con el entorno que estaba sintiendo, el síndrome de abstinencia apareció como un fantasma ante la sola visión de la carretera. Realmente, la mente está llena de adicciones, y la “civilización”, como tantas otras cosas, también es en mí una costumbre, un apego. Como todo hábito, cuando vas tomando otros distintos, te vas desligando de los que ya no practicas. Supongo que con el paso de los días de retiro, de los meses en la naturaleza, el apego por la civilización tenderá a desaparecer. Pero ojo: probablemente entonces surja un vínculo por aquello que es ahora nuestra cotidianeidad, que en sí mismo también derivará en apego, y cuando nos saquen de la vida monacal y tranquila, también sufriremos el mismo shock que padecía yo ahora por faltarme el barullo de la ciudad. 

Esa última noche se plantearon otros problemas. Comencé a extrañar a mi mujer, y surgió una irrazonable preocupación por saber de ella, aun razonablemente suponiendo que se encontraría tranquila en la habitación de la residencia que habitábamos en Chiang Mai. Pero no había manera: a pesar de estarme dando perfecta cuenta de lo absurdo de estas emociones, el desasosiego y los nervios reclamaban su protagonismo esa noche. Por suerte, logré serenarme con la siguiente conclusión: en un entorno así, en un retiro de meditación, siempre termina llegando un momento en el que la mente se sale del momento presente, porque al estar acostumbrada a la distracción, lógicamente tiende a dispersarse. La solución habitual es concederle esa distracción: ver la tele, charlar, lo que sea… Pero al no contar con estos recursos durante el retiro, entonces puede suceder (y termina sucediendo) que a uno le acaban asaltando sus miedos y aprensiones. Entonces, la manera de trascenderlos es, precisamente, volver a enfocarse en el momento presente: las borrascas se disipan, y la nítida paz de la conciencia vuelve a colocar cada cosa en su lugar. Este mero pensamiento me tranquilizó, aunque curiosamente, en lugar de motivarme a iniciar una enésima tanda de meditación, lo que hice, casi sin darme cuenta, fue bajar a mi cuarto a roer unos cacahuetes mientras hojeaba un libro que había traído de emergencia. 

Mis conclusiones personales sobre un retiro de este tipo son las siguientes: 1) Cambiar radicalmente tus rutinas puede resultar contraproducente. Por ejemplo, mi día más productivo fue aquel en el que me permití descansar más. Ir entrando en la dinámica monástica poco a poco, sería en mi opinión, menos traumático y más efectivo. 2) Establecer un rato de socialización cada día puede animar a los meditadores, en los momentos de bajón. Saber que los demás también atraviesan por situaciones similares a las tuyas, conocer los recursos que emplean para lidiar con las crisis, o simplemente sentir el apoyo de saberte acompañado. Una hora de socialización al día, no creo yo que echase por tierra lo cosechado durante el silencio y recogimiento del resto de la jornada. 3) Tampoco le veo ningún sentido al extraño ramadán budista: lo de hartarnos a comida por la mañana y luego no probar bocado durante tantísimas horas. Es probable que si explicaran el significado – “pues mira, esto se justifica por esto y por aquello, y lo que se pretende lograr es esto otro” –, hubiese yo reunido voluntad para cerrar la boca por las noches. Pero mantener la obediencia porque sí, sin motivo aparente… 4) Los horarios de dormir, no obstante, sí que son equilibrados y suficientes. Si yo hice trampas fue porque con lo rebelde que soy yo para dormir, en esas cuatro noches no hubiese podido jamás acostumbrarme al horario. Pero de haber estado allí más tiempo, la adaptación hubiera sido exitosa. 

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