En el templo de Mahalakhsmi, diosa de la riqueza

Bombay, Noviembre de 2012

Dejando atrás el vestíbulo, accedo a un callejón maravilloso perteneciente al complejo del templo. El callejón está plagado de rústicas capillitas dedicadas a diversos dioses, cada una de ellas guardada por extravagantes santones: por aquí distingo un templete de ladrillo con una pequeña escultura de Shiva en su centro; por allá unos cuantos pedruscos amontonados flanquean una estampa multicolor de Ganesha, el dios elefante… Los fieles y visitantes van y vienen por la callejuela, contemplados con indiferencia bovina por los custodios de las capillas, hombres de edad avanzada en su mayoría, con vestimentas anaranjadas o el torso desnudo.

He aquí una de las cuestiones más interesantes de la existencia: la subjetividad de la percepción, y todo lo que ello conlleva para bien y para mal. Hace unos meses leí el reportaje de un periodista que asistía a la Kumbh Mela en la ciudad india de Allahabad. La Kumbh Mela es el mayor evento religioso del mundo, en el que millones de personas acuden a las riveras del Ganges para purificarse y renacer. El periodista hacía una “descripción objetiva” del lugar como un precario camping lleno de barro, unos distorsionados altavoces estallando en rezos y músicas veinticuatro horas al día, y una inconmensurable muchedumbre que de un momento a otro se exaltaba eufórica y corría en estampida hacia un río contaminado. A continuación, el periodista afirmaba que para los asistentes, el estruendo de los altavoces no era sino la voz de Dios, el contaminado río era la Madre Celestial que los recibía en su seno, y la muchedumbre estaba compuesta por los amados hermanos junto a los cuales celebrar la gloria de la vida y de Dios. Al periodista, la Kumbh Mela le generaba estrés y temor por su integridad física, mientras que para los devotos la romería era sinónimo de amor y alegría. De manera análoga, me encuentro ahora en una callejuela que muchos extranjeros verán como un montón de pedruscos, abuelos con roña y muñequetes de colores; el creyente hinduista, sin embargo, debe de percibir este lugar como una especie de pasillo santo donde se dan cita muchos de los diversos aspectos de la divinidad, y donde el corazón se sobrecoge ante el amoroso contacto con lo que ellos entienden como lo más noble y puro de este mundo; por último, para mí este corredor supone zambullirme entero en el cuento, en la leyenda, en toda la magia de las historias que siempre me han hecho soñar, en “Siddhartha”, en Rudyard Kipling, en “Autobiografía de un Yogui”, y tantos otros. Con descaro escaneo a los santones, sus flacos torsos, sus rastas, la expresión nada beatífica de sus semblantes; con embeleso admiro las ingenuas imaginerías de los dioses, y constato que efectivamente, la gente deja sus ofrendas a esa simpática figurilla de mono al que consideran un dios. A ver, entiéndaseme: todo mi respeto a la fe de los demás, pero vengo de una cultura en la cual lo sagrado es trágico, hierático, hasta tétrico: coronas de espinos, una gran cruz de culpa y una tradición que desde el Renacimiento representa a sus santos y profeta de manera hiperrealista. Teniendo en cuenta este bagaje, el hecho de que la gente del otro lado del mundo sea capaz de poner su fe y su corazoncito en un elefante de carrillos sonrosados me parece inusitado, maravillosa y felizmente marciano. Por supuesto, lo había leído y lo había visto en televisión decenas de veces, pero ahora lo tengo aquí delante de mis narices, lo estoy constatando, y me impacta y me encanta.

Pausadamente termino de recorrer la callejuela. Entre las capillas y templetes hay puestos en los que adquirir ofrendas para los dioses. La ofrenda consiste en pedazos de coco partido y flores de colores, todo ello depositado sobre un plato de aluminio. Al fin, llego a una escalinata sobre la cual se encuentra el templo en sí. Un batallón de zapatos evidencia que tendré que descalzarme, y lo reconozco: entre tanto gentío por un momento temo que al salir del tempo mis botas no vayan a continuar allí. Pero si hay algo que un hindú de bien no va a hacer es mangar el calzado de aquel que ha entrado a un templo a adorar a un dios, vamos digo yo… Así pues, con los pies al aire subo  la  escalera, y en la  puerta  me sorprende un control de seguridad, con su arco de seguridad y todas sus cosas de seguridad. Lamentablemente, tengo que dejar la cámara de fotos, porque no está permitido retratar a Lakshmi. Es una pena, sí, es una pena que en lugar de llevar mi cámara en la mano, no la llevase guardada, porque ya dentro veo que tanto indios como guiris disparan con sus Nikon a todo lo que se menea.

El templo en sí no es bonito. Es un patio, son soportales, columnas y paredes apenas decoradas. Sin tardanza me dirijo a su epicentro: el altar de la diosa, en el que no hay una sino tres mujeres representadas en color dorado, y rodeadas de las ofrendas de coco y flores que la gente, en ordenada fila, va depositando ante ellas. Niños, jóvenes, adultos, ancianos, mujeres con saris o con vaqueros, hombres con camisetas agujereadas o con americana y corbata: allí no hay separación por castas, y todos comparten la misma intención de rendir tributo a la diosa de la riqueza.

Un simpático chaval se detiene junto a mí, y tras interrogarme sobre mi país de origen, si es mi primera vez en Bombay, cuánto tiempo me voy a quedar y qué otras regiones voy a visitar, se aviene a explicarme gentilmente lo caracterizado en el altar:

– Las tres diosas forman la Tridevi, que representa los tres aspectos del mundo: la creación de la diosa Saraswati, la preservación de Lakshmi, y la destrucción de Parvati.

– Ah, yo pensaba que Lakshmi era la diosa de la riqueza.

– Ése es sólo un aspecto de Lakshmi. Los dioses en el hinduismo tienen muchos aspectos, y todos ellos no son, a su vez, sino aspectos del Dios único, el Brahmán.

– Entonces las otras son Saraswati, la creación, y Parvati, que es…

– Sí, Saraswati creación y Parvati destrucción

– ¿Y Kali? ¿Kali no era la diosa de la destrucción, según tenía yo entendido?

– Efectivamente, Kali es Parvati.

– ¡Ostras!

– Cada dios tiene distintas denominaciones, que representan distintos aspectos de la deidad.

– Pues sí que tiene miga el hinduísmo…

Tengo que reconocer que a nivel arquitectónico y ornamental, el templo de Mahalakshmi decepciona. Incluso el sencillo templo jainista de Malabar Hill presenta más encantos a la vista, y su ambiente comunitario es bastante más acogedor que este trajín que me rodea, con sus guardias incluidos que se encargan de organizar y agilizar el tráfico humano: póngase en la cola, diez segundos para hacer su rezo, deposite la ofrenda en el altar, circule, recoja su cámara, recoja sus zapatos… Asimismo, el propio pasillo de acceso, con su amalgama de humildes capillitas, irradia una autenticidad y un alma de los cuales no he hallado rastro en los dominios de Mahalakshmi.

Voy rumiando estos pensamientos mientras deshago mi camino por el callejón de las capillas, cuando de pronto, me freno en seco junto a un templete de venerable aspecto dedicado a Shiva. Acabo de tomar una brusca decisión: ¡voy a ponerme a rezar al dios indio! No es que me haya vuelto loco de repente. Durante años, me he movido y he participado en el rollito new age. En él, supuestamente nos identificamos con estos dioses hindús que traen de la mano la práctica de la meditación y el yoga, de la misma manera que las doctrinas budistas nos resultan mucho más amables y elevadas que la tradición judeocristiana a la que pertenecemos. Por esa regla de tres, se me ha ocurrido que quizás el rezo o la mera comparecencia ante un altar hinduista consigan mover en mí la emoción que nunca iglesia alguna ha logrado despertarme.

Según me aproximo al templete, los dos ancianos que guardan el lugar me lanzan un vistazo somnoliento, y siento cierto pudor. Pero consigo sobreponerme, y me descalzo para subir los tres escalones que conducen al piso en el que la figura de Shiva me espera. Mi idea es sentarme en posición de loto y dejar la mente en blanco focalizando mi atención en la imagen del dios… y a ver qué sucede. Pero meditar no es sencillo, y yo no soy un maestro de la técnica. Me remuevo sobre mi trasero sin terminar de encontrar una postura en la que me sienta cómodo; “mente en blanco, Jorge, mente en blanco”, me digo, mientras miro con el rabillo del ojo si los dos señores me estarán vigilando… pero qué va, están totalmente a su bola. Dejo pasar el tiempo, haciendo infructuosos esfuerzos por conectar con la figura de Shiva; miro el reloj, y compruebo decepcionado que sólo han pasado dos minutos desde que me senté. En definitiva: me cuesta horrores concentrarme en aquel contexto, y de todas formas, hay una implacable certeza que no tarda en crecer en mí hasta demostrarse como una verdad: no voy a convertirme súbitamente a aquella colorista religión, ni al elevado budismo, ni a ningún otro credo que el hombre haya moldeado en este planeta… No lo necesito, al igual que le sucede a cada vez más y más gente alrededor del mundo. Sí siento la necesidad de estar en contacto con una espiritualidad inmanente, personal, que se expresa cuando uno acalla su barullo interno y se auto–observa en paz. Pero para vivir esto, no es preciso hacerse miembro de iglesia alguna. Así que vuelvo a ponerme en pie, ante la total indiferencia de Shiva y sus dos acólitos.

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