La Muerte del Turista

Hai Phong, Julio de 2018

Dice mi vecino Anselmo que a él no le gusta viajar, que le agobia, y que él como de veras disfruta sus vacaciones es descansando tranquilamente en el barrio. Después de ocho meses de residencia en Tailandia, y otros dos de ruta turística por Malasia y Vietnam, yo he terminado por comprender a Anselmo totalmente. Estoy empachado de tanto fideo de arroz, aburrido de reservar un hotel distinto cada noche, harto de encerrarme en autobuses y trenes durante horas… Pero lo que más hasta las narices me tiene es esa eterna busca y captura de lugares bonitos, de tener que ir tachando en el mapa todos los puntos de interés turístico “que no te puedes perder, porque claro, ya que has venido hasta aquí, cómo no los vas a ir a ver”.

En realidad, lo que me está escociendo es la decepción que siento conmigo mismo. Pensaba que tenía espíritu de Marco Polo, que viajar durante meses sería para mí el culmen de la felicidad, y sin embargo, ya hace tiempo que cuento las horas para regresar a España. No es una cuestión de cansancio físico, porque he tomado mi expedición con muchísima calma: en Kuala Lumpur me entretuve una semana entera, también en Saigón, y acabo de dejar Hoi An después de cinco días repantingado en una hamaca. Cierto es que la ciudad imperial de Hue me ha llegado a exasperar (¡tantas horas de autobús, y lo único digno de recordar será esa hamburguesa con pan de centeno!). No: lo mío es hastío mental. Ya me he cruzado en estas semanas con más de un viajero aquejado del mismo mal, con la ilusión perdida por completar la ruta que se había trazado al inicio del camino.

Como iba diciendo, la villa de Hue me ha negado la rutinaria dosis de espectáculos visuales con que distraer mi ansiedad. El lugar me ha parecido soporífero y pardo, y he escapado de allí con agobio. ¡Qué feo es Hue! Después, evitando enclaustrarme por veinticuatro horas más en un tren, me he permitido alcanzar el norte del país en avión. Aterrizo en Hai Phong, una ciudad, según explican las guías, sin nada destacable salvo el hecho de ser el punto de partida de los ferris que van a la isla de Cat Ba, maravilla natural y puerta de entrada alternativa a la atracción número uno de Vietnam: la bahía de Ha Long. Mi intención a priori era llegar sin dilación al puerto para hacer noche en la isla de Cat Ba. Pero una vez en Hai Phong, siento que no me apetece dar un paso más: simplemente, no quiero oír hablar de islas ni de excursiones a entornos despampanantes.

Paso la tarde olvidándome de que estoy de viaje. Oigo música en internet, e incluso descubro un par de bandas nuevas… una actividad muy propia de cualquiera de mis tardes caseras en Madrid. Me hacía falta. Desconectar del presente me ha sosegado.

A la mañana siguiente me acerco al puerto desde donde parten los ferris a la turística Cat Ba. Me informan amablemente: el billete es muy barato, e incluye un autobús que me dejará en la puerta del hotel donde decida reservar. Todo muy sencillo, máximas facilidades para el turista que quiera visitar la ilustre bahía de Ha Long.

– ¿Entonces, señor? ¿Quiere el ticket para el ferri que sale a las once, o para el de la una? – Me quedo un momento pensando. Después sonrío con cierta pena a la amable empleada:

– Muchas gracias, pero… Acabo de decidir que no voy a ir a Cat Ba.

– ¡Pero señor! ¡Es una isla preciosa, y la mejor manera de pasar a la bahía del Ha Long! Llegar a la bahía desde Ha Long Town le va a resultar más trabajoso y caro…

– Mmmm… Es que tampoco voy a ir a la bahía de Ha Long – a la empleada se le abren los ojos como platos, y tras cierto tartamudeo, acierta a preguntar:

– ¿Entonces para qué ha venido usted a Vietnam?


Figurillas típicas en mercado de artesanías de Hanoi

Parecerá absurdo, pero el alivio que siento mientras me alejo del puerto es indecible. Después de dos meses ejerciendo como turista a jornada completa, convertido en un yonqui de la foto bonita y el monumento recorrido, he llegado a repudiar una de mis actividades favoritas: viajar. ¡Pero se acabó! ¡No tengo ni pajolera idea de en que emplear los cinco días que me restan para regresar a España, pero desde luego, no pisaré ningún puñetero punto turístico más!

Comienzo a pasear sin rumbo, lentamente, por las calles de Hai Phong. Desde la base de mi recién adquirida tranquilidad, enseguida lo noto crecer en mí hasta que florece en toda su gloria: había que matar al turista para que el viajero renaciese en mi interior. Ese impulso que tantas veces ha inflamado mis entrañas, empujándome a salir de casa, lanzándome al sendero desconocido; esa mirada más amplia, más profunda, que permite desvelar la belleza de lo cotidiano. El viajero es contemplación pura, trascendental meditación en las calles o los campos. De él me he servido muchas veces para maravillarme de la existencia sin necesidad de salir de mi barrio, en Madrid, un barrio que no es céntrico, ni bonito, ni turístico. Y de él me vuelvo a servir ahora para maravillarme con Hai Phong, esta ciudad provinciana que apenas se reseña en las guías de viajes como mera escala hacia otros sitios, como punto de apoyo que se abandona con premura. Hai Phong, es cierto, “no tiene nada de especial”, y precisamente por eso, es el lugar que yo necesitaba esta mañana para reencontrarme con la alegría de viajar.

Como viajero, uno contempla las cosas desde una atalaya a ras de tierra, dentro de la cual los sentidos se desarrollan y la creatividad se estimula. Así, en una calleja de sucios y coloridos muros vengo yo a destapar una semejanza con Lisboa. Después, llego a emocionarme en un aceitoso canal donde varias familias pobres malviven en barcos herrumbrosos. Y con frágil memoria, me entusiasmo a continuación al hallar un comedor donde sirven cao lau, una delicia del centro del país que creí que no volvería a probar.

A la tarde, como casi todos los días, se pone a diluviar. Y yo, que llevaba semanas hastiado de tanta tormenta tropical, ahora abro contento mi paraguas, y sigo disfrutando de la caminata. En veinte minutos, la lluvia se violenta tanto que ya la sombrilla me sirve de poco. El agua me cubre los tobillos, y tengo que caminar muy despacio para no estamparme en el suelo, pues las suelas de mis chanclas resbalan que da gusto. ¡Pero qué felicidad estar allá, en la Conchinchina nada menos, bajo el monzón estival!

Me resguardo en el mercado central. Aquí no se venden artesanías, como en el de Saigón o el de Hanoi. Aquí sólo compra la gente local, y las tenderas, que no saben una palabra que no sea en vietnamita, se ríen al verme curiosear sus puestos. Me pierdo por los estrechos pasillos, entre pantalones y regaderas, me atufo con el olor a sangre estancada del área de carnicería, y voy a salir del edificio por una esquina en la que un pequeño tenderete sirve café calentito. Como el café solo no me sienta bien, lo pido con leche condensada, un mejunje muy habitual por estas tierras. Pero en las calles de Hai Phong no entienden una palabra de inglés (ni falta que les hace), así que no hay manera de conseguir mi café con leche, y me acaban sirviendo lo que les da la gana. Aun así me sabe rico: he recordado por qué estoy aquí, y he reconectado con el placer de viajar, que al menos en mi caso, no tiene mucho que ver con visitar lugares hermosos, sino con estar en lugares distintos.

Apuro el café, pero la tormenta sigue regando desesperadamente las calles. A mí me apetece seguir caminando, así que reabro el paraguas y prosigo, arrastrando cuidadoso mis chanclas por los arroyos urbanos. En un aparcamiento vacío, unos niños juegan descalzos al fútbol: se pegan grandes resbalones y trompazos, pero lo pasan en grande. Me quedo un rato viéndoles. Me hacen señas, invitándome a participar en el partido, pero mi entusiasmo tampoco da para tanto.


Los herrumbrosos barcos-vivienda cerca del puerto de Hai Phong

La noche va cayendo, y la lluvia se va al fin relajando. Doblando una esquina, voy a dar con una de esas iglesias coloniales de color rosa, muy habituales en Vietnam. Es hora de misa, y el templo está lleno a rebosar. La gente sigue la liturgia con seriedad y entrega, y a los lados cuelgan televisores donde se muestra la letra de los salmos católicos en idioma vietnamita. “Es por estas cosas que uno viaja, cojones”, reconozco: “La bahía de Ha Long debe de ser un espectáculo simpar, pero ver proyectada la letra del ‘Jesusito de mi vida’ en una iglesia de barrio de un rincón aleatorio de Indochina… eso: eso sí que es una experiencia diferente”.

Pongo rumbo de vuelta al hotel. Paso un día más en Hai Phong, y después tomo mi último autobús asiático con destino Hanoi, a esperar tranquilamente a que llegue el momento de regresar a España. Es posible que no vuelva nunca más a Vietnam, así que quizás nunca vea la famosa bahía de Ha Long, ¿pero qué importa, en realidad? En este viaje visité la ciudad de cuento de Hoi An, y la elegante Hanoi, y la insufrible Saigón, y el soberbio delta del Mekong, y el mágico bosque Tra Su, y antes muchas otras maravillas en Malasia, Singapur y Tailandia. Porque ser turista es maravilloso, pero viajar puede (y debe) ser mucho más. Aquel paseo de vuelta por una encharcada ciudad de provincias, un jueves cualquiera, me hizo recordar algo que ya había comprobado en mis gratificantes paseos por mi madrileño barrio de Usera: que la belleza está en los ojos del que mira, y que el rincón en teoría más anodino puede revestirse de todo el encanto del mundo si nuestra curiosidad está despierta.

Posdata: Ahora reviso las fotos que tomé en la ciudad imperial de Hue, y fíjate tú por dónde, me parece un lugar con atractivo.

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