La pena del indio

Guatemala, diciembre de 2016 

Digamos que partes desde Tenerife: en una primavera perpetua, prolifera una peculiar vegetación subtropical amamantada por fértiles suelos volcánicos. Pues bien: apenas una hora después serás abordado por el rotundo secarral almeriense, con sus cárcavas, sus peñascos y demás parafernalia lunar. Por supuesto que la temperatura exterior se ha desbocado: salir fuera del vehículo te convalida un mes de agosto en Sevilla. Pero no hay que desesperar: viajando otra hora más hacia el norte nos teletransportaremos a una especie de vega cantábrica, colmada de verdes pastos y montes suaves, entre los cuales las brisas se deslizan frescas, por no decir frías… Todo este recorrido de contrastes lo obtenemos en los doscientos once kilómetros que separan la Ciudad de Guatemala de Cobán, capital de la Alta Verapaz. 

Conduce Günther, un alemán que se ha pasado media vida en Guatemala, y conoce bien el país, y opina de él a su manera: 

– Las Verapaces son tierras de indios. Tierras difíciles, de muchos conflictos. Desde que terminó la guerra la cosa está más tranquila, claro. Pero con esos indios la paz nunca es total. Antes eran los comunistas y ahora son las ONG: vienen acá una noruega, una belguita de pelos en las axilas, y alebrestan a los indígenas con que tienen que reivindicar sus derechos de la manera que sea. De lo que no se dan cuenta esas pisadas es de que lo único que consiguen es dificultar el progreso de Guatemala. Este país necesita desarrollo, necesita infraestructuras, necesita sus centrales eléctricas para que la gente tenga algo básico, como es la luz… ¡Pero no! Ahí se entrometen las ONG y soliviantan a las comunidades para que empiecen a joder con que esas tierras son suyas, y que ahí no se puede construir nada, porque la tierra es suya. ¿Y qué crees que hace el indígena con la tierra? Si ni para cultivarla la usa. 

– Ya… Claro… – Voy respondiendo con monosílabos a Günther. No le discuto nada. ¿Qué le voy a objetar yo, si no sé nada de este país, si no llevo en él ni diez días? Alguna noticia había leído hace meses protagonizada por Florentino Pérez, capo de las mega-construcciones, que andaba en peleas con las comunidades locales porque sus obras estaban secando un río precisamente en esta región a la que me dirijo. Pero la perspectiva del periodista era opuesta a la de Günther, denunciando la apropiación ilícita de esos terrenos por parte del gobierno, así como la represión que estaban sufriendo los líderes activistas. 

– ¡Híjuela! – Günther frena el vehículo: a cien metros, un control policial nos hace señas para que nos detengamos. – Siempre igual: te ven en la pick-up y se piensan que eres narco. 

Antes de llegar a la altura de los guardias, Günther activa una pequeña videocámara ubicada sobre el salpicadero, y la enfoca hacia su ventanilla. Un sonriente policía nos da los buenos días y nos pregunta si vamos armados. Cuál no será mi sorpresa cuando Günther afirma que sí con tranquilidad. Acto seguido, mete la mano entre mis pies, donde previamente había colocado lo que yo pensaba que era una pequeña nevera. El alemán abre la cremallera y saca una pequeña pistola. El policía la entrega a su compañero, y éste se aleja para realizar las comprobaciones oportunas. 

– ¿Van de paseo, señores? – pregunta despreocupado el policía.  

– Sí, aquí con el joven para Cobán.   

– ¡Ah pues! Lindo aquello. 

– Lindo pues. 

El compañero del policía trae de vuelta el arma. Todo está en orden. Nos desean buenos días, y reanudamos nuestra marcha. Günther no se hace de rogar, y me ofrece todas las explicaciones que yo por supuesto le solicito: 

– La ranchera, como usted la llama, es el tipo de carro que los narcos suelen conducir. Te detienen para chequear tu licencia de armas, y supongo que también comprueban si tu juguete ha podido estar metido en algún lío últimamente. 

– ¿Y por qué va usted armado? 

– Este es un país violento, mano. He visto morir por asaltos a más de un amigo en los años que tengo acá. Uno tiene que protegerse.  

– ¿Y lo de grabar con la videocámara? 

– Este es un país corrupto, mano. He visto extorsionar a más de un amigo en los años que tengo acá. Uno tiene que protegerse.

Diez minutos después, otro control de policía: de nuevo nos hacen señas para que nos detengamos. Esta vez, la situación consigue ponerme nervioso, teniendo en cuenta lo violento y corrupto que según Günther, es este país. 

– Nos acaban de realizar otro control sus compañeros – se lamenta con resignación Günther. El policía no responde: no parece ser tan amigable como el anterior. Yo me cercioro con el rabillo del ojo que la cámara esté grabando correctamente. En cualquier caso, la pistola de Günther no parece haberse metido en ningún lío últimamente, y no tardamos más de cinco minutos en reemprender nuestra ruta. Ya en marcha, le comento al alemán: 

– De todas formas, es bien pequeñita esa pistola, ¿eh? Parece de juguete. 

– ¡Sí! Esta pequeña la muestro para que vean que colaboras y así no se metan a registrar el carro. Guardo otra más grande en esa misma bolsa que tienes a tus pies -. En fin… 

Afortunadamente, los controles parecen haber concluido por hoy. Siempre rumbo al noreste, la carretera se ensancha y desciende, y la orografía se reseca y agrieta: estamos recorriendo la provincia llamada El Progreso. Si nos mantuviésemos rectos, atravesaríamos Zacapa – bodega del que dicen es el mejor ron del mundo -, para finalmente salir al Caribe en el departamento anglófono de Izabal. Pero no nos mantenemos rectos, pues en el puro corazón de El Progreso, la CA14 nos sale al encuentro para desviarnos hacia el norte, en el cual las Verapaces nos aguardan. Como hemos finiquitado aproximadamente la mitad del trayecto, Günther decide parar a tomar un refrigerio. Almorzamos tortillas de maíz y frijoles negros en una cantina donde los hombres visten uniforme de cowboy con todos sus complementos: sombrero de ala ancha, botas picudas y cinturón de municiones con revólver colgado a un lado. Uno de estos tipos se interesa por nuestro itinerario: 

– ¿No van a pasar por Santa Catalina la Tinta? Me gusta a mí Santa Catalina la Tinta… 

– No señor. Eso nos queda desviado de Cobán – responde Günther. 

– ¡Ah, pues por donde sí pasarán es por San Juan Chamelco! Allá tengo yo un buen compadre, el Marco Aurelio. 

– Mmm… Tampoco nos queda exactamente en la ruta. 

– ¿Y en Lanquín tiene algún compadre? – intervengo yo. – Iremos mañana por allí, a las lagunas de Semuc Champey. 

– No, fíjese, allá no. Pero a Semuc fue hace unos meses uno de acá de El Paso, el Julián, con la familia fue. Y fíjese que regresó contando que los quekchí andaban asaltando a los turistas, allá en Semuc. 

– ¿Cómo así? – se alarma Günther. 

– Pues no sé. Que andaban poniendo barrera a los carros a cada trecho del camino, y que no la levantaban a no ser que les dieran una moneda. El Julián dice que a lo primero pues les daba, pero que a la mitad ya se hartó y se negó. Pero los aquellos se pusieron bien bravos y nada, el Julián hubo de seguir soltando quetzales. – expone el hombre, mientras Ghünter resopla y reniega con la cabeza: 

– Esos indígenas de Lanquín son cosa delicada – sentencia el alemán, para acto seguido tragarse de un bocado una tortilla rellena de chiles verdes. 

Reanudamos el viaje. Los campos comienzan a reverdecer poco a poco según entramos en las Verapaces: primero viene la Baja, y paulatinamente se va ascendiendo en latitud y altitud hasta llegar a la Alta Verapaz. El recopilatorio de los Dire Straits que suena desde que salimos de la ciudad apura su última canción, pero trágicamente, el equipo de música vuelve a reproducir en bucle todo el disco desde el principio. Al menos, me consuela ver cómo la aridez alcanza un punto de no retorno: ahora la sierra se enhiesta y el pasto lo inunda todo. Aparecen bosques de pinos enredados en gruesos magmas de niebla, y en los tramos de horizonte abierto, se ve a las vacas ahogarse en sus profundas praderas. También hay ríos que, en un acto de espantosa belleza, deciden inmolarse despeñando su caudal en cascadas que son como una aguja kilométrica. Yo no he estado nunca en los Alpes, pero este paisaje se me asemeja a una pequeña Suiza.  

– Acá está la entrada al Biotopo del Quetzal – anuncia Ghünter. El biotopo es una reserva natural en la que con mucha suerte, se puede llegar a avistar algún quetzal, el ave mítica y fundacional de la Guatemala prehispánica. Un cartel de madera señala el acceso en un punto donde la vegetación acorrala al asfalto, y las bolsas de niebla nos atraviesan con su imperceptible movimiento, como si fuesen espectros de agua. La atmósfera es primordial, es el universo maya que Miguel Ángel Asturias añora en su novela Maladrón. Me extasío en su contemplación, y me sugestiono percibiendo la presencia de quetzales invisibles, custodios de la comarca.  

Lamentablemente, no podemos detenernos en la reserva. La suegra de Günther nos espera en Cobán para darnos cobijo y alimento. Mientras cenamos un guiso llamado kaq’ik, el alemán interroga a su suegra sobre los peligros reales de visitar Semuc Champey: 

– El asunto es que se decidió que la comunidad gestionara la entrada a las lagunas. Pero en lugar de civilizar la cosa, con su puestito de guardia, con su taquilla, con una entrada impresa de a treinta quetzales, de a cincuenta… pues los quekchí lo organizaron a su manera: poniendo retenes en el camino y cobrando impuesto por retirarlos. Y así se estuvieron meses, hasta que la municipalidad o quien fuese les dijo que eso no, que así no se podía, y que ya no iban a gestionar ellos más la entrada a las lagunas. ¡Pero claro que esos necios no iban a renunciar al pastel así no más! ¡Y pues, ahí siguen, salteando a los visitantes! 

Vista desde el mirador de las lagunas de Semuc Champey

A pesar de estas inquietantes novedades, Ghünter no parece especialmente preocupado, y ni por asomo menciona la posibilidad de cancelar nuestra excursión. Ya en la cama, me enzarzo entre las sábanas incapaz de dormir. En teoría, con irles dando monedas a los indígenas, no debiera haber ningún problema. Pero la manera en que les han pintado, como gente agresiva e irracional, no induce tranquilidad. ¿Y si se les cruzan los cables y nos despluman enteros, coche incluido? ¿Y si nos llevan para el poblado y nos usan como ingrediente de un kaq’ik? Creo que el guiso era demasiado pesado como cena. Al fin, consigo dormir un sueño turbado, en el que se mezclan los fieros quekchí con tribus apaches y hasta con zulúes africanos. 

A la mañana siguiente emprendemos temprano la marcha. Serán 75 kilómetros por escarpadas carreteras de montaña que tardaremos tres horas en recorrer. El cielo ha amanecido huraño y el viento es frío. La calzada plagada de socavones completa un cuadro algo siniestro. De repente, estalla una tormenta del carajo, con su guarnición de rayos y de truenos. 

– No te preocupes por el clima. Esas lagunas están metidas en una caldera, ahí abajo – me anima Ghünter. Pero a la preocupación india no alude en absoluto.  

Avanzamos despacio. Toda precaución es poca, y más cuando la carretera empieza a ser invadida por pequeños desprendimientos de roca. Eventualmente, adelantamos a caminantes encapuchados, que cargan fardos y caminan lento a pesar de la vehemente lluvia, como si fueran sombras ideadas por Juan Rulfo. Llegados a la población de Lanquín, abandonamos el asfalto para bajar por una empinada pista forestal. Como si las palabras previas de Ghünter fuesen un conjuro, es adentrarnos en la senda de tierra y amainar la lluvia. En pocos minutos, el sol se alza triunfante, y la gris desolación de la carretera comarcal es reemplazada por una lujuriosa floresta tropical. En pocos minutos también, nos topamos con el primer retén de los quekchí.  

No olvidaré nunca este momento. La imagen que me había fraguado de unos indígenas aguerridos y altivos se desintegra al instante. La realidad es otra: personas entecas, de aspecto mendicante y una insondable tristeza en la mirada, que nos piden casi con vergüenza cinco quetzales para colaborar con la comunidad. Günther reacciona con nobleza alargándoles una moneda de diez. Los indígenas agradecen, mirando al suelo, y se apresuran a levantar la barrera… y esto es todo: en el resto de la bajada a las lagunas, nadie más se interpone en nuestro camino. Mientras, yo no doy abasto para atender a mi ensalada de emociones: por un lado, el hondo sentimiento de empatía y solidaridad que me han causado los quekchí, y por otro, el anonadante festival de la naturaleza que se despliega ante mis ojos, según descendemos abruptamente hacia las calderas esmeralda de Semuc Champey. Pero este texto no está dedicado a ellas, así que baste como ejemplo la foto que se ha mostrado arriba. 

Días después, entraré en contacto con las comunidades indígenas que viven a orillas del hermoso lago Atitlán: la mirada de los kakchiquel también presenta el mismo callado quebranto. En el epicentro quiché de Chichicastenango, asistiré a las fiestas patronales, y veré a sus habitantes bailar, cantar y chupar, pero ni por esas, ni en el calor del festejo será habitual descubrir sonrisas en sus rostros. El ladino (el que no es indígena) guatemalteco, describe al indio como alguien tozudo, ignorante, que no se deja ayudar. Y es probable que tengan parte de razón, que cuando uno se acerca a ellos con la mejor intención, ellos se cierren en banda y no quieran saber de nada que les saque de su menguante zona de confort, de su refugio y costumbres, del terruño que les han estado robando desde hace siglos. No voy a defender que su causa siempre sea la justa, pero es evidente que ellos siempre son la parte débil. Porque siempre que han alzado la voz, solos o con el misionero, el revolucionario o la ONG, se les ha tapado la boca a machetazos. Si desde generaciones inmemoriales se está ejerciendo de perdedor; si la exclusión, la miseria y la represión siguen formando pandilla en tu existencia cotidiana, ¿quién puede evitar vivir desde el recelo? ¿Quién no tendría pena, si fuese indio? 

Mujeres quiché con traje típico durante las fiestas de Chichicastenango

Lee también…

Los niños de Varanasi

Varanasi, India

Un reportaje sobre la desigualdad social y sus efectos sobre los niños

Los Estudiantes y el Rey

Rabat, Marruecos

Un día en la capital, entre palacios, miseria y manifestaciones.

En el Templo de Mahalakshmi, Diosa de la Riqueza

Mumbai, India

En la muy espiritual India, una de las deidades favoritas es aquella a la que se le pide dinero.

Ayahuasca, la pequeña muerte

Iquitos, Perú

¿Qué se siente cuando das un paseo por los umbrales de la muerte?

El Entierro en el Cielo

Larung Gar, China

Un impactante rito budista en el que los cadáveres son entregados como almuerzo a los buitres.

La Religión de los Bahai

Nueva Delhi, India

La desconocida religión que reúne en sus templos a cristianos, musulmanes, maradonianos, etc…

Los Estudiantes y el Rey

Rabat, Marruecos

Un día en la capital, entre palacios, miseria y manifestaciones.

Ayahuasca, la pequeña muerte

Iquitos, Perú

¿Qué se siente cuando das un paseo por los umbrales de la muerte?

Los niños de Varanasi

Varanasi, India

Un reportaje sobre la desigualdad social y sus efectos sobre los niños

El Entierro en el Cielo

Larung Gar, China

Un impactante rito budista en el que los cadáveres son entregados como almuerzo a los buitres.

Este sitio web utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de usuario. Si continúas navegando, estás dando tu consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y de su correspondiente política de cookies. Pincha el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies