La religión de los Bahai

Nueva Delhi, noviembre de 2012

Contábamos en las primeras páginas de este libro que uno de los numerosos nombres con el que fue conocida la actual Mumbai fue Bom Bahai, e indagando sobre la etimología de estas palabras, vine a enterarme de que bahai es una religión surgida en Persia en el siglo XIX, y que lógicamente no tiene ninguna relación con la palabra bahai de la megalópolis india. Pues miren ustedes que casualmente, en Nueva Delhi se ubica uno de los mayores templos de este credo: el popularmente conocido como Templo del Loto es un insigne ejemplo de arquitectura moderna, y se ha convertido en uno de los monumentos más visitados de la capital. Para allá me marcho de excursión, subiéndome al moderno y reluciente metro de Nueva Delhi.

Media hora después, camino el tramo final que me separa del templo. A la vuelta de un recodo, se distinguen ya los contornos del Shambhu Dayal Bagh, o Templo del Loto para los amigos: veintisiete pétalos de mármol dibujan una delicada flor de setenta metros de diámetro y cuarenta de altura, reinando con su inconmensurable presencia entre los verdes jardines que lo circundan. Este templo ha sido apodado por algunos como el “Taj Mahal del siglo XX”, y bueno, la comparación no me parece del todo disparatada. Obviando que ambos santuarios nutren su fachada de mármol blanco, sí que se puede percibir en ellos un similar espíritu de pureza y levedad. Pero el Taj Mahal nos habla del pasado y de la leyenda, y el Templo del Loto es un absoluto ángel extraterrestre, como una semilla de algo nuevo plantada en medio de la ciudad. Si la humanidad supera alguna vez sus diferencias y se decide a convivir en paz, sus centros de reunión serán algo parecido al Templo del Loto, pues eso es lo que me evoca esta obra: el futuro, pero un futuro mejor.

Se le ha dado al templo en su base la forma de un eneágono, y nueve son las puertas que dan acceso al salón principal, destinado a la oración, que puede acoger a un máximo de dos mil quinientas personas. La religión bahai acepta en sus santuarios a gentes de cualquier pelaje y condición, pues su fin principal es precisamente enfatizar la unidad espiritual de la humanidad por encima de las diferencias de cada credo particular. De esta manera, uno puede leer su Corán en esta sala de oración, o su Torá, o su Biblia, o su álbum de cromos si practica la religión maradoniana. Quedan vetados, no obstante, los altares o púlpitos, pues nadie está autorizado a sermonear en un templo bahai; se prohíben de igual forma las imágenes e iconografías.

Bahá’u’lláh es el enrevesado nombre del profeta y fundador del bahaísmo. Se atrevió el hombre a promulgar su fe en la Persia del siglo XIX, y naturalmente se la liaron parda. Huyó después al Imperio Otomano, donde oficialmente también era un prisionero, pero de manera mucho más relajada, en su domicilio y con su familia, escribiendo sus cosas y recibiendo visitas. La esencia de su mensaje se basa en que la humanidad tiene una fuente espiritual común, y que las distintas religiones constituyen una adaptación del mensaje original a momentos y sociedades concretas. Todos los profetas conocidos, desde Abraham a Mahoma, desde Cristo a Buda, toditos, son mensajeros de Dios, que nos hizo a todos iguales en la diversidad, y que nos quiere a todos mogollón y por igual. En este contexto, el propósito del ser humano sería el de llegar a conocer y amar a Dios a través de la oración, la introspección espiritual y el servicio al prójimo, un fin muy loable y muy similar al de las otras religiones, y que como sabemos no cumple ni el Tato.

El bahaísmo condena el racismo, el nacionalismo, las castas, las clases sociales y las jerarquías de género, y establece como cuestiones primordiales el logro de la paz mundial, la justicia social o la educación universal, entre otros. Es un mensaje interesante, aparentemente sano y evolucionado, éste del bahaísmo, aunque ciertamente, en nuestro siglo XXI la humanidad no necesita ya más religiones, ni viejas ni nuevas (lo que no es sinónimo de afirmar que no necesite espiritualidad: de hecho, la introspección y el autoconocimiento se me antojan claves para el logro de esos fines sociales que el bahaísmo persigue).

Los jardines que anteceden al templo están atestados de visitantes. Esto se puede interpretar de dos maneras: que efectivamente éste es uno de los principales atractivos turísticos de Nueva Delhi, o también que en la India hay tantísima gente que a cualquier lugar al que acudas te vas a encontrar una marabunta. Creo que en este caso, las dos opciones aplican.

Aproximándome al loto, llego a un punto a partir del cual se debe avanzar en fila ordenada a través de un circuito vallado. El resto de visitantes que me acompañan son indios, pero los voluntarios bahai que vigilan el rebaño son en su mayoría occidentales, y muy jóvenes. Supongo que el idealismo de esta religión, su voluntad unificadora y sus inquietudes sociales suponen una opción seductora para muchos chavales y chavalas, que quizás no permanezcan toda su vida anclados en esta fe, pero para los cuales supone una piedra de toque excelente en su sendero de búsqueda interior. O quizás estoy minusvalorando a esta religión, que no en balde ha convencido a seis millones de seguidores en todo el mundo.

En cualquier caso, nuestro avance prosigue a ritmo pausado por el camino cercado. Ahora se nos invita a descalzarnos para afrontar los últimos tramos y la entrada al templo. Se supone que he de dejar mis botas en una tremenda montonera para después recuperarlas a la salida, pero me da una pereza terrible. Así que opto por irlas cargando en la mano sin que afortunadamente nadie me reprenda por ello. La verdad es que es una tabarra esta costumbre oriental de descalzarse antes de entrar a las viviendas o a los templos. ¡Ni que eso te fuera a evitar la tarea de barrer!

En un panel informativo a las puertas del templo, se asegura que la construcción está hecha de mármol pentélico, la cantera cercana a Atenas de la cual se tomó la piedra con la que se erigieron el Partenón y tantos otros edificios de la antigüedad clásica. Sin embargo, es preciso poner en duda este dato, pues por otras fuentes me he enterado de que esa cantera está protegida y sólo se usa para las obras de restauración de la Acrópolis. El Templo del Loto se construyó en 1986, así que a no ser que las restricciones sobre este mármol sean muy recientes, los bahai se estarían tirando un farol muy majo.

Y por fin penetro en el gran loto. Me está sucediendo en este viaje que el interior de los monumentos me decepciona, y el templo bahai no va a ser una excepción. La gran sala de oraciones tiene la pinta de un auditorio moderno, sobrio y funcional, con multitud de bancos de madera en fila. El techo es una gran bóveda en la que se encuentran y entrecruzan las líneas que forman los pétalos del exterior, y sin ser en absoluto memorable, ostenta una sencilla y armónica belleza.

Fotografía de David (Licencia Creative Commons)

Tomo asiento en el extremo de un banco. Los voluntarios pululan por el lugar, uniformados con petos y con una franca sonrisa. Me llama la atención especialmente una de ellos, muy rubia y muy joven, casi una adolescente. Me la imagino en su casa de Estocolmo, o de Kiev, planteándole a sus padres la cuestión: “Me voy a la India a ser voluntaria en un templo bahai”, y el padre: “Espera, repítelo otra vez que no me ubico”, y ella “Que me voy a la India a ser voluntaria en un templo de la religión bahai, ba-ha-i, que es una religión”, y el padre “Ehm, espera, otra vez…”. Me recuerdo de nuevo de la novela “Pastoral Americana”, que mencionábamos en el capítulo de Mumbai, con el típico gringo de manual al que le sale una hija jainista, y al tipo le da un síncope y se le pone el pelo blanco del reconcome.

El uso que se le está dando al templo hoy no es devocional, sino de mera atracción turística. No hay en las bancas nadie con su Biblia, ni meditando, ni nada por el estilo. Además, la constante entrada y salida de personas genera un barullo continuo, y yo tengo ganas de calzarme de nuevo y dejar de sostener sobre el regazo las botas. Así que me dirijo a la salida y me alejo por las veredas del jardín. Ya calzado, vuelvo a sentarme sobre un bordillo y meriendo un sándwich de pepino. Cuando engullo el último pedazo, el sol ha iniciado su declive y golpea oblicuamente al loto con sus áureos tentáculos: ése es el encanto del mármol blanco, su ductilidad ante los influjos lumínicos. Dicen que además, el Templo del Loto es iluminado de noche con focos de colores. Pero no me quedaré a comprobarlo: me contento con el pajizo fulgor con el que el crepúsculo de Delhi lo ha teñido.

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