Los estudiantes y el rey

Rabat, Agosto de 2008 

La medina de Rabat me recuerda al Aladdin de Disney, a esa ciudad ficticia de Ágrabah, con sus callejas color tostado y el tolderío de colores por el que Aladino salta huyendo de los malos. Y es que Rabat poco tiene ya que ver con el aire mediterráneo de las medinas norteñas, con aquellos blancos y añiles que hasta ganas de beberlos dan. Rabat ya anuncia el sur: la terracota de Marrakech y el naranja de Ouarzazate. Rabat es primicia de lo exótico, del Sáhara. 

Carlos y yo disfrutamos extraviándonos por los rectilíneos pasajes donde los vecinos hacen comunidad. Poco a poco, nos alejamos del zoco comercial hasta desembocar en áreas más residenciales y solitarias, con la cara menos lavada para el turista, y donde la pobreza es más evidente. Así, terminamos en la frontera de la medina histórica: un callejón sombreado por la muralla, en el cual unas cuantas personas han improvisado su propio mercado de las miserias: desperdigadas por el asfalto, toda suerte de baratijas y chatarras se ofertan a los escasos compradores, gente de aspecto paupérrimo que probablemente vivan en la indigencia o estén cercanos a ella. Los tenderos comparten la triste estampa de sus clientes, y evidentemente también padecen las mismas fatigas existenciales, que intentan paliar con este comercio de supervivencia. Yo hago amago de acercarme al rastrillo para revisar más de cerca el “ambiente”, pero Carlos me agarra del brazo: 

– ¿Dónde vas? ¿Qué quieres ver ahí? 

– Pues no sé. Curiosear… 

– ¡No hombre! ¡Vámonos, salgamos de aquí! 

– ¡Venga, si es un momento! Recorremos esta calle y ya salimos por el otro lado. 

– Mira que eres tozudo, ¿eh? – resopla Carlos – Yo ya he visto suficientes callejones así en Chile. Ya he visto bastante pobreza, y no necesito volver a meter las narices en ella. ¡Vamos a ver cosas bonitas, hombre! 

– ¡Bah! Espérame aquí un minuto, que enseguida vuelvo –. Carlos se resigna ante mi empecinamiento, mientras yo me aproximo al escaparate de las penurias: un picaporte, un mechero, un hierro de utilidad desconocida; toda una gama de objetos bastardos, arrebatados a la basura, quizás algunos mangados. El cuadro del lugar lo completan un anciano sentado en el suelo con la mirada perdida, y un bulto con apariencia de muchacha que quiero creer que está durmiendo una siesta en mitad de la acera. Pienso en la reacción de Carlos, y asumo que tiene razón. ¿Por qué estas visiones azotan mi curiosidad? ¿Es morbo? ¿Será que alguna estúpida idea en mí percibe estos escenarios como “exóticos”, como algo curioso y diferente a lo que estoy acostumbrado? Me doy media vuelta y regreso con Carlos: 

– ¿Satisfecho? – me pregunta. – Sabes, en España también puedes ver pobreza, si tanto te interesa. Acércate un día a alguno de esos poblados de la droga, si tienes pelotas. 

– ¡No, qué va! Si puestecillos así con picaportes y hierros también te los encuentras en el rastro de Madrid – le vacilo yo. No quiero concederle fácilmente la razón. 

Fuera ya de las murallas, avanzamos con la intención de visitar el Palacio Real de Mohamed VI, actual monarca de Marruecos. Tras consultar el mapa, enfilamos una amplia y hermosa avenida flanqueada por un pasillo de palmeras imperiales, en cuyo horizonte se vislumbra un minarete pardo que recuerda a la Giralda de Sevilla. Este tipo de diseños son habituales en el Magreb, y de hecho, la más insigne de estas torres la encontraremos días después en Marrakech. 

Tras diez minutos caminando por la avenida, aparece ante nosotros un nutrido grupo de personas que se amontonan a un lado de la calzada, cortando la circulación. Se trata de una manifestación, en la que hombres y mujeres muestran pancartas y carteles con fotos de gente magullada, suponemos que torturada. Además de las pancartas en árabe, alguna hay en francés que nos da pistas del asunto: parecen ser estudiantes universitarios que protestan contra las detenciones y maltratos sufridos por otros estudiantes, que a su vez se manifestaban por algo cuando les trincaron. Preguntamos a uno de los manifestantes, pero el hombre no se explica demasiado bien en inglés, y da a entender que le sería más sencillo emplear el francés. Sorprendentemente para mí, Carlos asiente y añade: 

– No problem – me mira: – Yo estudié algo de francés. 

El manifestante se arranca con un discurso, apasionándose in crescendo en el transcurso del mismo. Carlos le escucha muy serio. El hombre termina. Carlos le tiende la mano, y a continuación cierra el puño y lo agita suavemente, como en señal de apoyo, deseándole fuerza: 

– Forceforce 

– Fight for your rightsfriend – le suelto yo. 

Mientras nuestro hombre se aleja, solicito a Carlos la traducción del discurso. Carlos pone cara de circunstancias: 

– La verdad es que no me he enterado de mucho. Ya sabes: la policía, la libertad de expresión… Todo eso. 

 

El francés de Carlos debe de ser como el de la generación que tuvo su infancia en el franquismo, o sea la de mis padres: que no estudiaron inglés en la escuela, sino francés, pero que cuando les pides que te traduzcan algo, resulta que saben decir las mismas cuatro palabras que tú: “ouiolalávulevú cusé avec muá sesuá“. De cualquier manera, y a pesar de los problemas de traducción, Carlos se muestra afectado por la manifestación y la causa que defiende. Yo le sugiero reanudar nuestra búsqueda del Palacio Real, y él se pone en marcha taciturno y con poca gana. Caminamos en silencio hasta alcanzar unas nuevas murallas, más modernas en este caso, y tras las cuales se distinguen vistosos edificios y un acicalado parque: se trata de la residencia oficial de los reyes de Marruecos.  

– Oye Jorge – por segunda vez en el día, Carlos me detiene sujetándome por el brazo. – Mira, que yo no voy a entrar al palacio. 

– ¿Y eso? – me extraño yo. 

– No me apetece – añade lacónico, mirando con desagrado hacia los jardines reales. Pero si Carlos es reservado, yo soy experto en sonsacarle. 

– Es por los manifestantes, ¿no? Después de ver esas fotos de gente torturada, no te apetece un pimiento ver los lujos de estos privilegiados. 

– Efectivamente. 

– Pues qué quieres que te diga. Tienes toda la razón, tío – le reconozco yo al fin. 

– Sí…  

– ¡Putos opresores del pueblo!  

– ¡Sí!  

– ¡Con sus lujos y sus mierdas mientras la gente lo pasa mal, y a ellos no sólo les da igual sino que encima les torturan y les niegan sus derechos!  

– ¡Sí, tío!   

Tras unos instantes de silencio expectante, miro a los jardines reales, poso mi mano en el hombro de Carlos, y concluyo: 

– Pues a mí sí que me apetece ver el Palacio Real… Mmm, vamos a hacer una cosa: vuelve con los manifestantes un rato, anda: les haces compañía y les das apoyo. Como en una hora u hora y media, quedamos ahí en la esquina donde nos paramos antes a hablar con el estudiante. 

Como se suele decir, lo cortés no quita lo valiente. Así, despacho a Carlos con presteza para proceder a husmear adecuadamente en las dependencias palaciegas. Tengo que admitir que lo que predomina en ellas no son ni los edificios ornamentados ni la vegetación del parque, sino un par de amplias avenidas asfaltadas por las que supongo que sólo circularán los coches oficiales de aristocracia, políticos y demás pájaros de alta alcurnia. Los jardines que las rodean son de estilo francés, con árboles y arbustos podados al milímetro, bellas flores alineadas como en desfile militar, y una pulcritud tan labrada que hasta se podría comer sobre el suelo. El verde del césped combina con el bermellón de las banderas nacionales, diseminadas con abundancia a lo largo del recinto; las farolas son curvilíneas, elegantes. En definitiva: es tal el contraste con el país “auténtico” – el que reside y pervive afuera de estas murallas –, que diera la sensación de que esto no es Marruecos, sino los Campos Elíseos o la Viena imperial. 

Con la esperanza de acceder a alguna sala abierta al público dentro del palacio, atravieso resueltamente el parque en dirección a un portón guardado por un distraído y apático soldado. Pero no me he acercado a él ni diez metros cuando el tipo activa su pose para dirigirse a mí con enérgicos aspavientos que no dejan lugar a la duda: “ni se te ocurra acercarte más”. En fin. Como el recinto del palacio es tan grande y consta de tantos edificios, simplemente sigo avanzando parque arriba hasta llegar a la altura de una construcción más elaborada, con una puerta aún más grande, y vigilada en este caso por dos guardias uniformados de blanco y armados de cimitarras. Avanzo hacia ellos, sin que aparentemente hagan nada por impedirlo, pero ya en los últimos metros, uno de los dos se dirige a mí, prohibiéndome amablemente el acceso. Yo enseño la cámara de fotos y se la muestro: al menos, que me quede un recuerdo del momento. Los guardias, muy coquetos, no sólo acceden sino que posan para el retrato. 

Parece ser por tanto, que no es posible entrar a visitar el Palacio Real. Desconozco si los reyes residen aquí en algún momento del año (por lo visto, cuentan con hasta 27 palacios y residencias en todo el país), pero si así fuese, no les debe de hacer gracia recibir visitas de turistas mientras ellos están en pijama, tomando el Cola Cao y el Phoskitos. En cualquier caso, el paseo por los alrededores me ha merecido la pena.

Según desando el camino para reencontrarme con Carlos, pienso en los estudiantes presuntamente torturados,  en el miserable mercadillo de los picaportes, y comparo todo ello con los encopetados parajes que acabo de abandonar. Se me viene a la mente entonces la “Pesadilla con aire acondicionado”,   obra   de   viajes   de   Henry   Miller; en ella, Miller asociaba las obras magnas de la humanidad con el poder y la opresión, poniendo el ejemplo de las pirámides egipcias, las cuales nunca hubieran existido sin la esclavitud (cuando Miller escribió su libro, aún no se sabía que los obreros de las pirámides eran hombres libres). También Pablo Neruda, en su épico “Alturas de Machu Pichu”, se lamenta de la explotación y el sufrimiento que debieron de padecer los albañiles de la ciudad andina. Pero mientras el chileno reniega de toda obra que haya costado el sudor y la sangre del pueblo, Miller justifica el dolor humano si éste trae consigo creaciones que trascienden la existencia. Yo, si tengo que posicionarme, lo hago desde luego con Neruda: no hay nada que pueda excusar el sometimiento de un ser humano hacia otro, y ninguna obra puede ser tan bella si esconde en sus entrañas el recuerdo de una infamia.

Cuando regreso, encuentro a Carlos junto a los manifestantes. La cosa sigue igual: no se han movido del sitio que la policía les tiene marcado. Carlos y yo emprendemos la ruta de retorno al hotel. Mi amigo ha mostrado hoy una gran sensibilidad social, y yo me encuentro dispuesto a iniciar una conversación al respecto del poder, la desigualdad, las opiniones de Henry Miller, e incluso si hace falta, de la situación de la etnia Ongo-Bongo en el sur del delta del Okabango por culpa de las puñeteras compañías mineras de alguna potencia imperialista… Pero entonces, y repentinamente, Carlos suelta una de esas frases que no se olvidan, y que han contribuido a forjar nuestra amistad a lo largo de los años:

– Yo no sé por qué a la gente le gusta tanto Metallica -. Hace una pausa, mirándome con cara de incomprensión, y concluye: – Su música es taaan aburrida…

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