Los niños de Varanasi

Varanasi, Noviembre de 2012

Doblando recodos y serpenteando por mustios vecindarios, he ido a salir al río por un área en la que todavía no hay ghats. En su lugar, los bancos de fango sirven para anclar a la orilla las barcazas de madera que abarrotan el Ganges.

En primera línea de ribera, dominando la cumbre de un montículo de cieno, se erige una hilera de misérrimas chabolas. El montículo, supongo, servirá para evitar que la crecida del Ganges alcance a las viviendas, durante la estación de monzones. Por su parte, los muros de las chozas se alzaron empleando todo tipo de materiales bastardos: un ladrillo encontrado en algún callejón, un peñasco arrancado al río, unos pegotes de cemento donados por algún caritativo albañil, una lámina de zinc verde de hongos, y por supuesto barro secado al sol, que es el ingrediente más copioso de la zona. El paisaje es descorazonador, es feo y desdichado. Esta es la India real, y no la de los rascacielos de Mumbai, ni la del tontorrón Bollywood, ni siquiera la de la cercana universidad. Y es más real que las otras porque los que soportan en estos purgatorios sus malhadadas existencias aún son mayoría, aún son demasiados, por mucho que día a día el tan cacareado progreso capitalista indio vaya ganando terreno a las todavía inabarcables extensiones de slums y desesperanza vital. Una desesperanza en buena medida adormilada por la religión y su perverso sistema de castas.

Ha asomado la cabecita por una de las casuchas, y al verme, se ha lanzado casi rodando por la plataforma de lodo. Ya a unos pasos de mí, extiende su mano mientras canta las dos únicas palabras en inglés que seguramente conoce:

¡Pencil, sir! ¡Pencil, sir!

“Lápiz, señor” La petición me coge totalmente desprevenido, pero afortunadamente, también me coge con dos bolis en el zurrón, así que saco uno y se lo regalo. Es casi un bebé, sumará apenas tres años. Los ojos delineados de negro (creo haber leído que se los pintan para esquivar las maldiciones) y la cabeza rapada (con esto entiendo que se esquivan los piojos).  Los morretes churretosos, una camiseta en la que ni Mister Proper podría obrar un milagro, y sin pantalones ni zapatos, con la colilla y los pinrreles al aire. Asiendo el bolígrafo en su puño, repite:

¡Pencil, sir! ¡Pencil, sir!

– ¡Pero si ya te he dado uno, colega! – Es igual. Él insiste con su mantra – ¿No quieres una galleta, mejor?

¡Hombre que la quiere! Según saco el paquete se le iluminan los ojos, y se devora de un bocado la primera que le alargo. Arriba, en la chabola, la madre se ha asomado y nos mira sonriente.

– ¡Pencil, sir! ¡Pencil, sir! – me insiste, pero señalando el paquete de galletas.

– ¿Quieres más? Toma otra – se la traga sin piedad mientras la madre le llama a lo lejos. Es una mujer no tan joven, que baja trotando el cerro de lodo, mientras reprende con dulzura al bebé. Algo me dice en su lengua, supongo que un “disculpe”, o un “gracias”. Hace amago de llevarse al nene, que se resiste mirando el resto de las galletas. Así que le regalo el paquete. La madre vuelve a musitar unas palabras, mientras se inclina ligeramente y hace ese gesto tan característico de los indios, juntando las palmas de las manos por delante del pecho. Se alejan los dos, mientras el hijito va mirando atrás y repite un último pencil, sir. Desde luego que hace bien en pedir lápices, porque la educación será para él probablemente la única vía de escapar del purgatorio de la miseria.

Poco después, otro episodio con niño: he ido avanzando por la ribera hasta alcanzar el inicio de los ghats, y me he llegado hasta el punto en el que empiezan a confundirse bañistas, turistas y demás fauna. Los encargados de proveer a las masas de “velitas flor–de–loto” para ofrenda son exclusivamente niños de entre siete y diez años, calculo. Estos jóvenes vendedores disponen también de estampitas con dioses y otros artículos similares. Uno de ellos se me acerca, y en un  nítido inglés despliega su formidable argumento:

– ¡Señor, ofrezca su puja a la madre Ganges! ¡Le bendecirá y le dará mucha suerte, señor! ¡El Ganges es un río sagrado, que limpia de todos los pecados! ¡Solamente doscientas rupias, señor! ¡Ofrezca su puja al Ganges y le dará mucha suerte en los negocios, y también para conseguir matrimonio!

– ¡Vaya! ¡Sí que es poderosa la ofrenda!

– ¡Sí, señor! ¡La madre Ganges es muy poderosa! ¡Es la madre de todos los indios, la que nos protege y nos limpia de los pecados! ¡Le dará mucha suerte! ¡Doscientas rupias!

– Doscientas rupias es caro – quiero dar algo al chaval, pero tres euros para estándares indios es una cantidad cuantiosa, y más cuando lo máximo que suelo dar al que pide en el metro de Madrid es un euro. – Te daré cien rupias.

– ¿Cien rupias? – responde con fastidio. – Pero señor, es una ofrenda a la madre Ganges que le va a dar mucha suerte en los negocios y para lograr un buen matrimonio… Son doscientas rupias.

La verdad es que esto de los regateos en las transacciones comerciales me causa un gran hastío. Prefiero los precios fijos, sean justos o no. Además, que a mí personalmente me resulta indiferente el hecho de posar o no la velita en el río.

– ¿Cómo te llamas? – le pregunto.

– Pranav.

 

– Verás, Pranav. Es que yo creo que lo de ofrecer pujas al Ganges sólo funciona con los hindús. Como yo no lo soy, pues a mí no me va a dar suerte. Entonces, bueno, si lo hago es por echarte una mano…

Según pronuncio estas palabras, comienzo a arrepentirme de ellas. Pranav parece de pronto abatido, y acepta, con la mirada gacha, el precio de cien rupias por la ofrenda. Sin duda le he ofendido haciéndole ver que le estoy concediendo una limosna en lugar de un pago por el fantástico servicio que él dice ofrecer.

– ¡Mira, tengo aquí suelto un billete de veinte! ¡Toma ciento veinte! – pero él recibe la pasta con pesadumbre, y sombríamente procede a explicarme el procedimiento de la ofrenda:

– Baje los escalones hasta la orilla, y antes de soltar la vela sobre el agua, piense en aquello que desea que se le cumpla. Después suelte la vela, y agradézcale a la madre Ganges por sus bendiciones.

– Vale, allá voy: Madre Ganges: te pido suerte en los negocios y un buen matrimonio. Y te pido no ser tan bocazas, y que mi alma evolucione un treinta por ciento estando aquí en Varanasi –. Empujo la vela sobre la superficie, pero la muy tonta se queda estancada en la orilla. Está claro que cuando se hacen las cosas sin fe, los resultados nunca se materializarán. Sobre todo lo de no ser bocazas, pues según subo los peldaños de vuelta a Pranav, le pregunto:

– Oye, ¿y tú no vas a la escuela?

– ¡Pues claro que voy a la escuela! – exclama, mientras se da la vuelta y se aleja enfurruñado. Vamos a ver: probablemente yo sea indiscreto y bocón, ¡pero él también se siente ofendido con una facilidad pasmosa!

Los escolares indios comienzan la primaria a los seis años, siendo la educación pública y gratuita. Pero es habitual que los niños abandonen el sistema educativo a edades tempranas por la necesidad de trabajar para contribuir a los ingresos familiares, así como por las dificultades para hacer frente a los gastos en libros, material y uniformes (obligatorios en todas las escuelas). Por internet he leído que ya desde la primaria todas las materias se imparten en inglés, aunque no otorgo demasiada credibilidad a este dato, teniendo en cuenta el vigor nacionalista que impera en el país desde la descolonización. Otra información más asumible es que las escuelas públicas están masificadas y que el profesorado no suele tener una formación adecuada, motivos por los cuales las clases pudientes mandan a su prole a centros privados donde (aquí sí) el inglés es una lengua prioritaria.

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